Atroz revisión de viejos clichés del cine de terror, narrativa, dramática y visualmente pobre. Una película digna de proyecto fin de carrera con ninguno de los atributos del fascinante universo creativo de Shyamalan. Un horror.

★☆☆☆☆ Pésima

El incidente

 El cine del hindú M. Night Shyamalan sigue intentando obtener créditos desde que aquel niño resabiado y hermético nos confiara su tormentoso secreto en EL SEXTO SENTIDO (1999), su tercer largometraje convertido en el más rotundo sleeper de finales de siglo. El desprestigiado cine de terror resucitaba con un posmoderno cuento de fantasmas, definido por su elegante factura clásica y un impacto dramático que cuestionó la lógica del buen guionista. A partir del pelotazo, sus historias muestran las costuras de una misma baraja de obsesiones, rodadas con atmósfera y firmeza narrativa, aunque con desiguales resultados. EL PROTEGIDO (2000), SEÑALES (2002), EL BOSQUE (2004) y LA JOVEN DEL AGUA (2006) ofrecían tramas centradas en la vulnerable existencia humana frente a lo desconocido y el poder sugestivo del miedo, que se tornaba reflexión existencial o puro impulso poético. Bellas parábolas que algunos tildan de vacías, elegantes artefactos acusados de recubrir una insalvable mediocridad.

Por los motivos que sean, cada estreno de Shyamalan sigue concediéndole el beneficio de la duda ante la crítica. Niño mimado de la industria, visionario de un cine sugerente e hipnótico que con EL INCIDENTE echa por tierra los restos de alabanzas que quedaban. Su nueva obra es una impersonal, rutinaria y estereotipada historia de terror sobrenatural, si es que este digno género puede filtrarse en un relato sellado por la estulticia desde el primer plano. Es curioso y digno de lamento que ni siquiera encontremos el sentido atmosférico de sus anteriores títulos, la elocuente puesta en escena que introducía el matiz de lo espiritual en terrenos cotidianos -salvo la excelente EL BOSQUE, cuya premisa alejaba de entornos actuales y nos ubicaba en un espectral y metafórico enclave-.

Al contrario, el antes inquietante Manoj elige una base argumental que apesta a esquematismo y obviedad narrativa. Podríamos perdonar su culpa si desprendiera algún retazo de tributo a unos moldes clásicos dignificados por Don Siegel en LA INVASIÓN DE LOS LADRONES DE CUERPOS (1956), o Philip Kaufman en su soberbia revisión, LA INVASIÓN DE LOS ULTRACUERPOS (1978). Se podría haber salvado del descalabro si en verdad revelara el espíritu crítico y entusiasta de todo aquel cine cult que nutrió de invasiones alienígenas a la timorata audiencia yanqui de los 50. Pero no. Los tiempos cambian, McCarthy hace años que cría malvas, la especulación sobre complots contra las bondades de occidente no reclama lo naif para asustarnos. Shyamalan opina que sí.

Descartado el homenaje, resta contemplar la parodia. Pero tampoco funciona en esta historia que no busca el chiste inteligente -aunque logre que nos riamos, de espanto, claro está- para hablar de la terrible toxina transportada vía aérea e inductora de suicidios en masa. Shyamalan va de serio en su visión apocalíptica y pretende sentar poso científico y filosófico en diálogos tan infectados como los cerebros. No falta el héroe -el pétreo Mark Wahlberg-, liderando la cohorte familiar en la huida del inaprensible monstruo. Ni los personajes satélite que pasan sin dejar rastro. Ni el epílogo complaciente -un punto spielbergiano-, ni el doble remache final abierto a nuestra peregrina duda. Sírvase el espectador del buffet libre de tópicos de manual para soportar el trayecto hacia la salvación. Además, añada un lingotazo de textura rancia y ochentera, la misma que revestía emblemas catódicos como V (Kenneth Johnson, 1984). Acompañe de inanidad dramática, una dosis de tosquedad en el montaje y grandes chorros de énfasis musical. De postre, elijan cualquiera de sus absurdas e incongruentes derivaciones reflexivas -que vuelven a esgrimir el victimismo del pueblo americano frente a la amenaza-. Sólo si se aparcan los prejuicios -y parte de las neuronas- podrá gozarse esta insípida, acartonada, ingenua revisitación de viejos miedos a lo insondable, de la paranoia que asalta cuando aprieta el pánico y sólo cabe escapar.Parece una broma que hace tiempo su autor fuera capaz de transmitir muchísimo más con la sola mirada de un niño.
Lo mejor: Que sólo dura hora y media (pero qué largas).
Lo peor: Absolutamente todo lo demás, pero se lleva la palma la posible candidata al Razzie a peor protagonista.
publicado por Tomás Diaz el 15 junio, 2008

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