Clasicista al tiempo que hueca, en el fondo, la obra más reciente de Shyamalan no entusiasma por su pedestre resolución narrativa, su ligereza literaria y su sosa reflexión sobre lo que plantea…

★★☆☆☆ Mediocre

El incidente

Una película tras un nombre: M. Night Shyamalan. El incidente transcurre en las ensoñaciones de un cineasta de escritura reconocible, ajeno a la rutina comercial que imponen las majors, dotado de una clarividencia absoluta a la hora de registrar en imágenes las ideas que atormentan su sensible cerebro. Obsesionada con un tipo de ciencia-ficción terrena, alimentada por los miedos ancestrales a la naturaleza y por la siniestra injerencia de lo sobrenatural, el director indio posee la rarísima facultad de no fomentar la mediocridad, el termino medio, la asepsia. Su discurso es otro: alentar adhesiones eternos o buscarse enémigos sinceros.
Este cronista ha estado siempre (desde su efectista El sexto sentido a la naïf La joven del agua) dispuesto a dejarse embaucar por su genio, por su heroico sentido de la narrativa. El trallazo mental que procuran sus películas no está al alcance de muchos directores. Es más: Shyamalan es una especie de islote creativo, que no rinde cuentas de sus epopeyas apocalípticas al funcionario financiero de turno, que debe pasarlas canutas cuando el buen hombre pide permiso para entrar en su despacho y le suelta un libreto épico y metafísico, escorado de las pautas al uso en estos tejemanejes de los números y entregado, vocacionalmente, a la facturación de un producto libre, fundamentalmente libre, que da aire limpio al cine manido, corrompido por la letra pequeña de los contratos de las multinacionales de la cosa, prostituido por el soniquete dulce y orgiástico de la caja registradora. No tengo ni idea sobre si las últimas cintas de este alienígena convertido en director de cine han dado los beneficios óptimos. Probablemente no, pero a la manera de un Woody Allen pasado por la tourmix de un vulgar Expediente X la filmografía de Shyamalan merece capítulo independiente en una hipotética ( y no dudo que factible) Historia del Cine entre estos dos siglos.
El incidente, hecha esta prueba de fe sobre el magisterio de Shyamalan, no obstante, defrauda. Desaconsejada la opción de escudriñar la película bajo un prisma ordodoxo, nos queda un arrebato apocalíptico, poético y sustancialmente humano, porque el autor de esta incompleta reflexión sobre la salvación del hombre en estos tiempos brumosos es, ante todo, un filósofo metido a cineasta o un teólogo metido a cineasta, pero en ningún caso, a pesar de la repercusión mediática de su obra, Shyamalan es un director mainstream, un obrero al que es fácil de convencer sobre la bondad de un libreto. El incidente zozobra en su falta de audacia: no es que este espectador vocacional quiera que meta mano un Emmerich funcionarial o un Spielberg inspirado. Se podría entender que la obra aquí reseñada consiente complicidades del público avisado. Yo, estándolo, me sentí desarmado, zarandeado por la limpieza formal de lo visto y decepcionado por las fórmulas narrativas usadas, que ningunean una explicación menos pedestre, un retorcimiento literario de más valía. Shyamalan traiciona, tal vez a posta, el espíritu del cine fantástico al que se adhiere siempre y obvia un mensaje menos unívoco. No es de recibo que el mal sea tan sólo una especie de colérico rebote botánico, expresado con todos los respetos. De fondo hay mucho. Está la locura post 11-S y están también los clichés seculares de una manera moderna de entender la ciencia ficción, pero el cine, que es ante todo un distraimiento noble, un espectáculo inteligente y estético, no se puede quedar en una toma de contacto, en un enorme puzzle de intenciones que no terminan de solaparse y formar una imagen reconocible y atractiva. Tampoco vale la creencia de que el thriller ecológico pueda abrir caminos ahora que la naturaleza, el cambio climático y la coreografía flipante de las nubes (títulos de crédito del film) puede ocupar estanterías enteras de nuestra paranoia íntima y también de la colectiva. En eso Shyamalan es un adelantado, un atento espectador de lo humano que transvierte a su cine las locuras finiseculares, los terrores más elementales (la hierba que se mueve, el columpio que amenaza con cortarnos el latido del corazón). En esto, en fotografiar lo sencillo, en registrar la música interior de la vida, este hombre es un genio, uno absolutamente inimitable.
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El incidente, lejos de molestar, inquieta: se queda uno en la perplejidad de quien no ha acabado de entrar en materia. Mi primera impresión al aparecer los títulos de crédito fue que había sido parcialmente engañado. Suele pasar que uno entre en la sala con una serie de expectativas y éstas luego sean reforzadas (loado sea el señor de las intuciones) o sean pisoteadas sin miramientos. Luego una tímida reflexión, que nunca se nota pero que va creando sus argumentos sin que nos demos apenas cuenta, rebaja la ira y admite que, en todo caso, la propuesta es noble o que el bellísimo ejercicio plástico (hace tiempo que no veo un arranque de película tan demoledoramente convincente) sólo busca conmover, desarticular la maquinaria del raciocinio y buscar, en la infinita madeja de las emociones, un hilo desde el que tirar para rasgar significados ocultos, métaforas escondidas, lugares hermosos desde donde reescribir la complejidad de lo humano. De hecho, los personajes de Shyamalan (aquí y en toda su obra) basculan entre lo perplejo y lo alucinado, entre la realidad sufrible pero absurda y la fantasía asumible pero inaceptable.
Sólo hay que ver la poderosísima base sobre la que se edifica el argumento de El bosque, que es mi película favorita de su filmografía. No sére yo, a pesar de las inconveniencias de esta entrega, quien elimine de mis adicciones el cine de este muy original tipo. Seguiré empeñado en encontrar belleza allá donde (aparentemente) sólo existe confusión. La paranoia a la que Shyalamalan adscribe el grueso de su filmografía queda aquí convertida en un triste (habida cuenta de la cinefilia militante hacia su persona) bocado de genio. Hay suficientes evidencias de que el talento del director ha sido sustituido por una mediocridad brillante como para abrir otra reseña que enumere los ridículos visibles. Algunos: el Iphone colado a beneficio de modernidad, la simbólica historia de celos del matrimonio protagonista, la charla con la planta de plástico del buenazo del protagonista…
Lo mejor: Los primeros diez minutos... Los suicidos, impecablemente registrados, con un tono aséptico perfecto.
Lo peor: Que no se pringa, que se queda en una capa externa...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 7 julio, 2008

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