Toro se lo monta muy bien para que una legión de incautos valoren positivamente su película, pero El Laberinto del Fauno no es más que un telefilme que sueña con ser una obra de arte.

★★☆☆☆ Mediocre

El laberinto del fauno

En el ejercicio de la crítica cinematográfica hay una dificultad de base: lo referente al valor artístico de una determinada plasmación estética, o de una idea del relato, la historia o el concepto a desarrollar. Ése valor depende por un lado de la sensibilidad y los baremos subjetivos de cada individuo y, por otro, de la consideración que se tenga de las distintas corrientes teóricas concernientes a la filosofía de la estética y la estructura narrativa.


Si por algo debía destacar el filme de Guillermo del Toro, según las críticas -bastante favorables -que se han ido publicando en los últimos días, era por su imaginería visual y un sentido lírico de lo encantador con tintes siniestros. Sin embargo, para un servidor, la única escena de la película con entidad propia es la que viene representada en el fotograma que abre el comentario de hoy, espeluznante páramo onírico protagonizado por una criatura que ni en mis peores pesadillas he podido siquiera intuir, ojos en las manos que hacen presa a unas hadas de metal que son devoradas por dicha criatura con una notable carga de mala leche y sentido de lo grotesco. Aparte de éste pasaje, que me expliquen -en función de las distintas formas de valorar un producto estético – qué tipo de imaginería visual se manifiesta en el fauno, el laberinto, la estética lúgubre de un bosque encantado o la amantis de metal. Particularmente, en ese estrato del filme, la creatividad es nula. Que me lo expliquen…

En la globalidad, del Toro quiere ofrecernos un relato -bastante trillado – sobre la violencia y las tribulaciones de la posguerra española, respaldado en un marco de fantasía infantil, encarnada en la niña protagonista, la cual pretende combatir los infortunios recurriendo a la magia de su fantasía. Por tanto, estamos ante un relato que combina realidad y fantasía. La conclusión es bastante ilustrativa de la intención de su autor; en el trágico desenlace, los últimos instantes de la agonía originan la última fantasía que convertirá en heroína a su protagonista. Pero eso sólo antes del último suspiro… Al final sólo queda la muerte en la cruda realidad.

Es decir, del Toro se lo monta muy bien para que una legión de incautos valoren positivamente su película con formulas del tipo de “ es un maravilloso cuento de hadas siniestro que late desde el submundo de una realidad siniestra” y cosas por el estilo que se pueden leer estos días. Efectivamente, lo que nos muestra es un submundo habitado por criaturas fantásticas que solo existen en la imaginación, pero el problema es la ausencia de una conexión entre los hechos fantásticos y los hechos reales, y el resultado es una película inconexa en esa mixtura evidente hasta para el más profano. Por una parte nos cuenta una historia sobre las fantasías de una niña y por otra una historia violenta en la realidad social y política de aquél momento histórico. Le falta una estructura que articule todo ese conjunto. Era la única forma de lograr un producto estética y narrativamente elogiable (singular, meritorio, como ustedes lo prefieran), ya que cada una de las dos historias, por separado, aportan poco o nada. Solo al final, cuando la niña muere en la realidad y es proclamada heroína en la fantasía, se ve algo de luz en ese sentido, a pesar de la palidez del conjunto…

Lo peor de todo es el abuso de clichés y lugares comunes: el militar facha (qué esperpento de personaje, dios mío), la mujer encinta y víctima, los revolucionarios escondidos en el bosque , la traidora. La realización de ese drama rural en la posguerra, tanto a nivel de guión como de representación visual juega con unas bases y elementos demasiado trillados; seamos sinceros, no hay diferencia entre la ejecución de del Toro y lo que daría cualquier telefilme o serie española que abordara la misma temática: no existe un solo encuadre o secuencia del montaje que haga emerger ningún significado genuino que demuestre que hay un autor tras la cámara. Y eso es lo que me parece imperdonable: que “El laberinto del fauno” pretende ser un filme original, lírico y no sé qué más, y lo único que hay es convencionalismo y clichés insustanciales.

La guinda la pone el uso gratuito de la violencia y el sadismo: ¿qué función ejerce la sangre y la detallada (exagerada) descripción de actos violentos en la tonalidad global de la historia? Aparte de ser de un dudoso gusto, es innecesario: una cosa es mostrar la violencia en una historia triste, cruda y violenta y otra el exhibicionismo morboso y barato. ¿Qué dónde está la diferencia?. Comparémoslo con Sam Peckinpah y el asunto quedará bastante claro.

En fin, me habían dicho que esta película era una obra de arte, pero no es más que un telefilme que sueña con ser una obra de arte.
publicado por José A. Peig el 21 octubre, 2006

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