Puesta en escena al servicio del ego del autor, no de los personajes ni de la historia, sin un solo encuadre que le otorgue la plasticidad debida a la pretendida epopeya callejera. Historia endeble, tópica, guión insulso.

★★☆☆☆ Mediocre

American Gangster

El cine de gansters es un género popular porque hiere al espectador moldeado por la moral de la justicia y el valor del clan, dos acepciones – una ilustrada y asimilada en todo el espectro institucional, la otra un residuo arcaico que permanece y que sólo ha desaparecido de nuestro vocabulario secular – que remiten a la familia como el reducto sobre el que los personajes levantan un imperio, la intimidad de quienes necesitan demostrar honradez en un mundo salvaje o de quienes se adueñan de lo salvaje con la conformidad de sus conciencias. Poder, corrupción, fortaleza personal e injusticia cruzan sus líneas y representan un mosaico de pretendidos (pretenciosos) antagonismos, el ganster y el poli bueno, un montaje paralelo al servicio de la descripción de ambientes, de una supuesta superación, la tentación del poder, la…¿hipocresía?.

La última película de Ridley Scott (cineasta mediocre en nuestros tiempos que sin embargo fue el autor de dos indiscutibles obras maestras de la Scifi, "Alien" y "Blade Runner") nos regala un magnífico flujo de clichés dedidamente estructurado en ese montaje paralelo, el cual, es tan eficaz como inane. ¡Qué flujo tan previsible e inofensivo!. El retrato, el dibujo hierático del Ganster negro (Denzel Washington)es un pálido reverso del no menos hierático buen policía (Rusell Crowe), dos hombres que intentan justificarse ante sus respectivos clanes (la familia), y ante la presunción de honradez ( el jefe de la mafia, mesías de la clase obrera discriminada además por su condición racial, el poli que hace como que supera la tentación y redime la acusación de su esposa). Flujo, en definitiva, no de vida narrada, sino de cliché habilmente manejado, para entretener y absorber la mente del espectador con funciones, temas y estructuras que el cine superó hace ya varias décadas.


Scott ni siquera aprovecha las posibilidades del escenario en la visualización, fotografía en sepia, ambientes sórdidos (sí, cómo no…). Puesta en escena al servicio del ego del autor, no de los personajes ni de la historia, sin un solo encuadre que le otorgue la plasticidad debida a la pretendida epopeya callejera. Historia endeble, tópica, guión insulso.

Este era el principal atributo de Scott según sus detractores: escenografía sin escenario. Y en este caso, casi nada ni de lo uno ni de lo otro.
publicado por José A. Peig el 27 abril, 2008

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