Precisamente el sufrimiento será el motor que moverá a nuestros protagonistas, bien en busca de la salvación, bien como antesala a la autodestrucción. Dicho dolor no entenderá de razas, sexo, edad o condición social y conseguirá sacar de nosotros lo mejor o lo peor.
Es sin duda, la peor película del director (que no ha llegado a mejorar su obra maestra Amores perros, 2000). La sensación que me llevé es que la obra podría haber dado mucho más de sí, pero para ello el argumento tendría que haberse trabajado más y no alargarlo hasta la extenuación (la historia de la joven japonesa es tediosa hasta provocar indiferencia). Algunas escenas no tienen ningún sentido y directamente se han introducido a fuerza de cuña, posiblemente por un capricho del director (que alguien me explique el sentido de la imagen del joven musulmán masturbándose, sobre todo, cuando un minuto antes estaba discutiendo con su hermano).
Por el contrario, la película también cuenta con elementos a su favor: un gran trabajo de actores totalmente desconocidos en la gran pantalla (Adriana Barraza, Boubker Ait El Caid y Said Tarchani (los chicos nunca habían trabajado como actores); la dificultad de entrelazar en el guión escenarios tan distintos como los rascacielos de Japón, la frontera entre Méjico y Estados Unidos y el desierto de Marruecos y; sobre todo, la intención con la que nace la película al hablar de la incomunicación en la que vivimos (rememorando el caos que originó Jehová en la torre de Babel). Sólo un consejo más: si eres de los que tienes la lágrima fácil, no olvides llevarte el pañuelo.




























