Que nadie se crea que hay genialidad cinematográfica detrás del apabullante aparato de imágenes y ruidos. Estamos, una vez más, ante un filme engañoso, uséase, películas que parecen muy buenas películas pero que no son más que correctas mediocridades

★★☆☆☆ Mediocre

Babel

“Cuánto dolor, cuánta incomprensión y cuánta pasividad hay en ésta aldea global”. Así, hablando por encima, puede resumirse la naturaleza, la temática y la intención de Alejandro González Iñarritu y guionistas en su afán de crear un film dramático muy crudo, con una factura visual que remite al estilo documental y que a estas alturas ya ha sido explotado en reiteradas ocasiones y en diversos géneros.

Para empezar, si quieres hacer una película sobre “ay dios mío, qué mal va el mundo”, no es muy constructivo restringir el estilo a un realismo cámara en mano que se inspira directamente en la realidad inmediata del documental. Si de lo que se trata es de dar una sensación de realismo con el fin de acentuar el potencial dramático de los hechos narrados, bien está como artilugio efectista y eficaz para, como mínimo, lograr un espectáculo digno. Pero no pierdas de vista tus pretensiones de artista cinematográfico enfrentado al mismísimo meollo de nuestra actual tragedia colectiva: que ya somos parte de un todo interrelacionado, pero más aislado y destructivo que nunca precisamente por la ausencia de una conciencia global que gestione (gestionar no es la palabra exacta, pero así nos vamos entendiendo…) y sostenga esa red de responsabilidades entre todos y para con todo.

Lo que tratamos de decir es que, indudablemente, “Babel” es una película muy bienintencionada, la cual nos sitúa de cara a una realidad colectiva cruda y devastadora, pero eso no es suficiente en relación con el trabajo artístico propuesto. Hablamos de la escasa imaginación conceptual, estructural y visual sobre la que se sustenta el relato fílmico. En lo visual, ya lo hemos dicho, puro estilo documental para que el espectador tenga “sensación de realidad”, lo cual redunda innecesariamente en la realidad inherente al relato. Tampoco está de sobra, pero que nadie se crea que hay genialidad cinematográfica detrás del apabullante aparato de imágenes y ruidos. Estamos, una vez más, ante un filme engañoso, uséase, películas que parecen muy buenas películas pero que no son más que correctas mediocridades. En el caso de “Babel”, es una mediocridad interesante, reconozcámoslo. Vaya por delante de todo que a “nos” nos ha gustado la película, pero en “Imágenes y Palabras” nos toca el suplicio de ser objetivos, así que, al trapo.

El simplismo y la planicie de “Babel” se hacen obvios al instante, con una mirada que integre todo lo visto en casi tres horas: un japo que tiene una hija sordomuda (la pobre lo pasa muy mal, esta muy sola, la sociedad es muy superflua, etc etc etc…) que ha vendido un arma a un cazador marroquí que a su vez la vende a otro lugareño que se la deja prestada a sus hijos los cuales, por accidente (?), le pegan un tiro a una turista americana que tiene dos hijos en casa que las van a pasar canutas porque se los llevan de fiesta y en medio del tráfico de ilegales se ven envueltos en peligrosas tribulaciones. Y eso es la película.

Luego, en cuanto a estructura, tampoco es demasiado contundente. Buena organización de las secuencias, pero muchas de ellas no terminan de llegar a nada que sea verdaderamente sustancial. Véase, véase cómo termina la historia de la mejicana perdida en el desierto y el tipo que se da la fuga dejando a dos niños desamparados. ¿Que no hacía falta nada más?. Puede, pero sigue siendo tópico e insustancial. La resolución de las situaciones en una gran película (con un buen guión de base) nunca se quedan a medias ni terminan de forma tan previsible. Otra cosa es cómo termina la historia de la japonesita y el papá, ése abrazo final sí abre un sutil cauce de sugerencias, y es de los pocos momentos en que uno tiene la sensación de estar viendo CINE. Y la resolución de la historia de la parejita de americanos en Marruecos…prrrrrrrrfffffffffff. Que sí, que vale, que el sollozo final de Brad Pit tiene mucho sentido, pero para eso no hacen falta 145 minutos, que ya me veo el telediario de las nueve en TVE.

Bien, a partir de ese hilo de conexión entre historias , se va desplegando una idea evidente, manierista, tópica. Cargada de sentimiento y dolor por cómo son las cosas, pero su capacidad de diseccionar la compleja y potente realidad a la que se enfrenta, es nula. Y lo pretende, ahí está el problema. Si quieres expresar lo mal que va el mundo, basta con una única historia que represente los problemas universales. El señor González Iñarritu, al construir una historia de historias, una visión mística del problema global, se desvía hacia una pretensión mayor. Tal pretensión requiere algo más que una sucesión de pasajes en los que el espectador no puede hacer otra cosa que ir saltando de uno a otro con el único ardid de que “hay un nexo de unión entre todas ellas”.

Ése algo más debió salir de la creatividad conceptual y visual del cineasta, no es labor nuestra el hallarlo, pero sí que, intuitivamente, cualquier analista serio descubrirá que ésta película está hueca a partir del momento en que abordamos su “texto base” y sus temas de fondo. El “texto superficial”, sin duda, tiene una ejecución apabullante, el ritmo no decae nunca y, por momentos, alcanza una sutil mirada de las intrincadas relaciones entre mentes, culturas y espacios a lo largo y ancho de este desgraciado globo humano. Pero solo por momentos.

A partir de ahí, lo único que tenemos es un extenso videoclip sobre gente de diversas latitudes y culturas a las cuales les suceden una serie de cosas. Al terminar la proyección, el espectador se queda con la idea: “qué jodidos estamos y qué malos somos”. Pero, repito, para eso ya están los telediarios. De lo que se trataba era de poner esa misma idea bajo un tratamiento cinematográfico que derive en una visión personal (lo genuino en el arte), lo cual se da, pero en un grado mínimo, una mera estructura coral en la que los hechos tienen una progresión tan simple como mínima (los hechos narrados responden a una secuencia que podría resumirse en un párrafo o en un documental televisivo de diez minutos). Es decir, Iñarritu no me cuenta nada que yo no sepa de antemano, y ni siquiera muestra una capacidad para enfocarme el problema desde una óptica singular. Y eso -el ofrecer una óptica singular – es la creatividad. Y el cine debe ser un acto de creación, no una pretensión de decir tal o cual cosa sobre asuntos evidentes y que conocemos a diario.

Sintetizando, Babel es una significativa, correcta y bienintencionada producción para la libre expresión sentimental de sus autores, pero cine, lo que se dice cine, hay el justito, muy muy muy poquito.
publicado por José A. Peig el 5 enero, 2007
también incluída en el especial Cine de autor

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