Sólo imágenes autocomplacientes y huecas, ideas sin aprovechar y miradas al ombligo. Más que “embelesados”, Iñárritu y Arriaga nos dejan “embabelados”.

★★☆☆☆ Mediocre

Babel

Si ya es difícil ponerse de acuerdo entre una pareja, entre una comunidad de vecinos conviviendo bajo el mismo techo, o entre el grupo de compañeros de trabajo compartiendo objetivos; y además hablando el mismo idioma, imagínense lo que puede suceder a escala internacional, en una “Babel” que es un mosaico de culturas, lenguas, intereses y maneras de actuar.

Como película es la obra magna del mexicano Alejandro González Iñárritu, dotado de la ambición necesaria para desarrollar un proyecto que deje huella, apoyado en su guionista habitual Guillermo Arriaga, un artista de las historias entrecruzadas, circulares y fragmentadas en cuanto a estructura y espacios, físicos y temporales. Y juntos han dado a luz películas como la magnífica “Amores perros”, o la irregular “21 gramos”.

En “Babel”, a partir de un hecho banal, dos hermanos marroquíes que prueban el nuevo rifle de su padre, se enredan en piques de niños y acaban por disparar contra un autobús e hiriendo a una turista norteamericana. Ello desencadenará un incidente internacional, nunca narrado en primer plano, pero citándose las trabas diplomáticas y el espectro del terrorismo islámico. Pero sobre todo tendrá consecuencias en personajes y paises tan aparentemente alejados como Japón o el territorio fronterizo entre México y California.

El caos moderno.

A propósito de “Babel” oirán, y leerán, mucho la palabra “globalización”. Así como lo que se desprende de la película y las propias declaraciones del director acerca de su intención de hacer un filme sobre “las barreras físicas y del idioma” y que terminó concretándose no en estos escollos sinó en “lo que nos une: amor y dolor”. Lo que es cierto, pues al final abundan los insertos de abrazos y manos uniéndose.

Además, hay que sumarle otros temas importantes, como lo imprevisible del azar y el destino, los sentimientos de culpa, y una mirada a la estupidez humana. Así que Iñárritu se erige, con éste y sus dos títulos anteriores, en un cronista del “dolor” y “lo humano”, de los seres más afortunados o no, con afán de trascendencia.
Pero a pesar de contar con unas ideas y un material tan interesante, lo que más queda en evidencia es la pretenciosidad, lo vacío y relamido que desmoronan esta inmensa torre (de artificio) que es “Babel” y todas las mejores intenciones de Iñárritu y Arriaga.

“Babel” nos puede llegar a hacer reflexionar sobre muchas cosas, pero más por su grandilocuencia o por su cuidada fotografía, que por la sinceridad de sus imágenes y personajes, los cuales parecen actuar más que por los golpes del destino, a golpe de guión.

Retratando el dolor.

Y para que el mensaje quede más claro, cada uno de los variados personajes protagonistas tendrá su momento, su gran “pose” (minuciosamente estudiada), de dolor y aislamiento en forma de un plano o una escena cumbre con la que lucirse demostrando que están más perdidos en estos islotes de incomunicación global que un náufrago de J.J. Abrams buscando respuestas o auxilio exterior.

Hay muchos de estos momentos, pero a destacar: Amelia (Adriana Barraza, y la mejor del reparto), una niñera ilegal extraviada en mitad del desierto con un, tan llamativo como grotesco, vestido de boda rojo; Yasujiro (Koji Yakusho, la segunda mejor del reparto); una adolescente sordomuda traumatizada por el suicidio de su madre, la imposibilidad de comunicarse con su padre y obcecada con perder su virginidad, sola y perdida en un mar de gente y ruído de uan discoteca (no para ella, como se encarga de hacernos notar los cortes de sonido intermitentes); Chieko (Rinko Kikuchi, el mejor del reparto masculino), apoyándose desolado en el ascensor; o Richard (un Brad Pitt que no desentona, ni con las canas y arrugas añadidas), demostrando su sufrimiento cada vez que debe abrazar a su esposa malherida (Cate Blanchett, brillando incluso en intervenciones mínimas) o agarrar el teléfono hasta lograr la fotogenia más idonea.

Poca vida hay más allá. Sólo imágenes autocomplacientes y huecas, ideas sin aprovechar y miradas al ombligo. Más que “embelesados”, Iñárritu y Arriaga nos dejan “embabelados”.
publicado por Carles el 30 diciembre, 2006
también incluída en el especial Cine de autor

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