Atesora las mejores virtudes de la saga de Bond, el sustrato clásico del cine de timos, naipes y tongos, las réplicas mordaces de toda buena guerra de sexos que se precie y esa geografía espacial y tecnológica que nos demuestra que vivimos en un mund

★★★★☆ Muy Buena

Casino Royale

Es cierto que yo tampoco soy un gran fan de 007, pero es más cierto aún que (casi) siempre veo sus películas y que su llegada a las pantallas, cuando nos ronda la Navidad, la celebro con más ilusión que el desembarco de la publicidad lotera o la de los turrones almendrados.

La franquicia de Bond, con su colección de chicas espectaculares, su refinamiento, las localizaciones de ensueño a modo de catálogo de viajes de lujo a lo Condé Nast y su sofisticación globalizada ofrecen un producto sólido y bien terminado que, sino llega a emocionar, siempre resulta interesante, divertido, ameno y relajante.

Así que, cuando se anunció el estreno de esta “Casino Royale” ya sabía yo que, aún sin excesivas prisas ansiosas, un buen día me dejaría caer por el cine a verla, con palomitas, cocacola y demás gadgets adecuados para la degustación de una película de estas características.

El prólogo en blanco y negro, cínico y descarnado, ya empezó a llamarme la atención más de lo que en las películas de Bond suele ser habitual. Y los títulos de crédito, animados, ingeniosos, imaginativos… para continuar con una primera persecución a pelo, una carrera libre y salvaje por un edificio en construcción que consigue transmitir toda la sensación de vertiginosa velocidad a que se aplican los dos contendientes y que se resolverá con un crudo asesinato, perpetrado a sangre fría… nos dicen que estamos ante otro tipo de Bond, un tanto diferente.

A Craig se le ha llamado el Bond obrero, popular y otras cosas por el estilo. No me apetece entrar ahora abrir el debate sobre los distintos tipos de Bond que en el cine han sido ni, sobre todo, empeñarnos en aquello de que Sean Connery fue el mejor 007 de la historia cuando, vistas con el paso del tiempo, aquellas películas se han quedado más añejas que el queso de oveja. Esto es: que me ha gustado, y mucho, este Craig y que escenas como ésa en que, emulando al John Wayne de “El hombre tranquilo”, se mete bajo la ducha y el agua le empapa la camisa blanca, están magníficamente resueltas.

Y el malo, claro, otro de los tópicos ineludibles cuando se habla de un Bond. El archivillano, esta vez, es tan frío y cínico como perfectamente creíble y adaptado a los tiempos que corren: un banquero, blanqueador del dinero sucio de cuanto sátrapa y traficante anda por el mundo, sangrando a sus víctimas. Un tipo que llora sangre y que le hará sudar la suya a nuestro 007, al que llegará a torturar de una manera tan sencilla como cruel y despiadada.

Me ha gustado que, en vez de inclinarse por la senda de la franquicia de Misión Imposible, de una acción cada vez más difícil y descabellada, “Casino Royale” haya optado por la espectacularidad en los decorados – ese Montenegro, esa Venecia y su Palazzo Hundiente… – pero basándose en una acción directa más creíble… siempre teniendo en cuenta que hablamos de Bond, un James Bond que, por cierto, apenas usa gadgets o ingeniosos juguetitos en esta historia.

Agitado, que no mezclado y revuelto, “Casino Royale” es una muy buena película que una muy buena película que atesora las mejores virtudes de la saga de Bond, el sustrato clásico del cine de timos, naipes y tongos, las réplicas mordaces de toda buena guerra de sexos que se precie y esa geografía espacial y tecnológica que nos demuestra que vivimos en un mundo totalmente globalizado. Y por eso, cuando termina sonando el tema clásico de la saga, después de que Craig diga por primera vez lo de Bond, James Bond, al final de la película, te da un regustillo de lo más amable y satisfactorio.
publicado por Jesus Lens el 4 diciembre, 2006

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