Buena, buena película, que podría haber sido muy buena o incluso maravillosa si no hubiese caído en la desgracia de querer hermanar éxito incontestable en taquilla y buen sabor exclusivamente cinéfilo. Como si fuese imposible hermanar calidad y pasta

★★★☆☆ Buena

Soy leyenda

El relato apocalíptico suele adornarse de prosa mesiánica, de pasajes bíblicos y de iconografía medievalista. Incluso el relato escatológico, el libro del fin de los tiempos largamente acariciado por todos los iluminados de la literatura desde los apóstoles hasta este Matheson traicionado, requiere un componente místico, más religioso o espiritual que bélico. Y aquí, en este sentido poético, es donde Soy leyenda despliega sus mejores armas, su acendrado respeto por la belleza de unos imágenes absolutamente hipnóticas, filmadas para perdurar en la memoria de un espectador lo suficientemente alimentado de escenas perdurables como para ser muy crítico a la hora de ampliar el disco duro y permitir unos cuantos megas más de plasticidad.

A Soy leyenda le sobra plasticidad, le sobra honradez y le sobra melancolía. Le falta tal vez todo lo demás. La película de Francis Lawrence no es ni mucho menos una obra redonda. Carece de un orden interno que la justifique: hay tramos de escandaloso tedio, episodios abonados a la apatía, romos alardes de nihilismo puro. Quien acuda al cine para ver un despliegue de efectos especiales, una lección de cine de acción con fondo de palomitas no va a encontrar lo que busca. Hollywood se ha salido por la tangente con esta entrega de cine minimalista, indie casi, amateur, aunque facturado con los condimentos de presupuesto y de márketing necesarios para que dé el pelotazo en taquilla, pero ni esto lo tengo claro tras haber disfrutado (y repudiado, a partes iguales) el empeño. O acción tremebunda o interiorismo psicológico, y Lawrence ha tirado por un fino camino intermedio que no acaba de convencer a los que apuestan por estos dos vértices en cierto modo difíciles de converger.
 
La devastada ciudad de Nueva York filmada como nunca antes: quizá ése sea el reclamo con el que cazar al desprevenido espectador, a quien (como yo) no ha hurgado en la bibliografía, en la hagiografía, en la intrahistoria del hito en la ciencia-ficción, llevada (parece que por tercera vez, no estoy definitivamente puesto en el tema) a la gran pantalla. El film fracasa en la recreación de la propia acción a la que singularmente desea vincularse para ser el blockbuster de campanillas. Las criaturas vampíricas apenas suponen un respingo en la ya de por si decelerada trama. Estos zombies huelen a laboratorio en demasía: como si los responsables de la parte técnica hubiesen decidido restarle toda posibilidad de credibilidad, de humanidad, digamos… De hecho ahí reside, en mi opinión, el traspiés más inaceptable: el abandono (no dudo que intencionado) de las razones del mal, de los motivos del lobo, como diría el cuento clásico.
 
Soy leyenda es un cuento sobre la soledad del hombre. Da igual que esté representada sobre los escombros de Manhattan que en mitad de un avenida alfombrada de peatones. La soledad considerada un instrumento de locura, la soledad incluso como una perversión de la sociedad moderna que ha producido el mal que ha demolido sus más sólidos principios morales y cívicos.
 
El científico Neville (un inconmensurable Will Smith) ha creado un universo alrededor de su cruzada: va al videoclub y ejecuta con impecable rigor los actos mecánicos que todos realizamos cuando vamos al videoclub. Los maniquíes son inquietantes y prefiguran la verdadera imagen del mundo: un inmenso tablero de ajedrez en donde un contricante ha quedado reducido a una sola pieza. No hay metáforas más allá de las estrictamente permisibles: el film bascula entre su vocación mercantil y su innegable tirón íntimo, entre ciertos cinéfilos desprejuiciados que acudirán al cine a devorar imágenes, a digerirlas más tarde y a no dejarse contaminar por ninguna corriente de opinión que les robe el placer formidable de haber descubierto (ellos solos) la miseria y la gloria, el dolor y el júbilo. Todo eso hay en este ambicioso (y por ambicioso, fallido) film de horrores modernos y psicologías de vanguardia apocalíptica.
 
Intermedio políticamente correcto: Papá Bush vela por nuestros sueños. Sus héroes ruedan a 24 fotogramas por segundo e incluso se atreven, en la soledad de un sótano, en la lúgubre certeza de un mundo desmembrado, a dar con el antídoto definitivo, una especie de fórmula magistral de la Coca-Cola multicultural.
 
Will Smith contribuye al propósito con las buenas maneras que últimamente suele y se antoja demiurgo fantástico de un mundo hecho a su antojo. A decir de quienes adoran el libro de Richard Matheson, Soy leyenda es un fiasco. Probablemente. No he tenido el gusto de leerlo. He conocido de su existencia tras el habitual fuego de artificio de la publicidad y su imparable maquinaria de propaganda. Y la vi sobre aviso, consciente mi pureza de espíritu y una absoluta falta de expectativas. Tal vez la mejor forma de ver cine. Una a la que no siempre nos abonamos cuando acudimos a la sala y nos entregamos al milagro de la representación figurada de la vida.
 
Luego salí perplejo: a medio camino entre la fascinación de las imágenes y el aburrimiento de una trama brumosa, devota de una premiosa alargación de lo que podría haber sido contado en mucho menos tiempo. Tal cual un capítulo televisivo de calidad en un canal de cable. Hay luz afuera.
Lo mejor: Manhattan abandonado, Manhattan abandonado.
Lo peor: Cierto tufillo patriótico, eso sí, muy sibilinamente camuflado. Ah, y los vampiros o criaturas o zombies, que no dan la talla y apenas aportan nada, cuando podrían haber manejado el film y sustentado los delirios del protagonista.
publicado por Emilio Calvo de Mora el 25 diciembre, 2007

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