Jumper es a todas luces un insulto en toda regla a la ciencia-ficción y a la inteligencia del espectador, porque a lo disparatado de su premisa inicial hay que añadir una trama pensada para una audiencia de encefalograma plano.

★☆☆☆☆ Pésima

Jumper

En estas primeras semanas del año nos estamos deleitando con algo que llevábamos tiempo sin disfrutar, varias semanas seguidas con grandísimos estrenos. Y es que se trata de películas extraordinarias, de las que pasan a la historia, sublimes, que a todos aquellos que amamos el cine nos ayudan a olvidar el mediocre año 2007 en lo referente al cine.

Pero entre tanta dicha que nos tiene embriagados de felicidad siempre hay alguna triste película que nos devuelve a la fría realidad, y en esta ocasión es Jumper. Intentar escribir seriamente de este subproducto hollywoodiense es una empresa titánica más complicada de llevar a cabo que reconciliar a Esperanza Aguirre y Alberto Ruiz Gallardón. En primer lugar, un misterio inexplicable es por qué no se puede traducir la palabra jumper por la de saltador, probablemente porque los responsables de marketing de Fox España piensen que el título en inglés sea un potente reclamo para la taquilla. Sinceramente, los guionistas de Jumper merecen ser alabados, porque ya es difícil llegar a las cotas de estupidez que logran en este film. El caso es que tenemos a un insulso y anodino Hayden Christensen cuya única ocupación es pegarse la gran vida gracias al poder de tele-transportarse que posee desde su más tierna, y cómo no, traumática infancia. Porque cualquier súper-héroe que se precie tiene que haber pasado una niñez llena de infelicidad y desgracias, que sin duda marcarán su carácter, en este caso, la lacrimógena búsqueda de la madre desaparecida. Pero lo que se lleva la palma son las connotaciones político-religiosas que tiene la sociedad fanática liderada por un Samuel L. Jackson, cuyo pelucón raya en lo ridículo.

Jumper es a todas luces un insulto en toda regla a la ciencia-ficción y a la inteligencia del espectador, porque a lo disparatado de su premisa inicial hay que añadir una trama pensada para una audiencia de encefalograma plano.

     

  

  

Lo mejor: Las risas que provoca el pelucón de Samuel L. Jackson.
Lo peor: Todo lo demás.
publicado por Francisco Bellón el 16 febrero, 2008

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