Porque Death Proof puede pecar de lo que acabo de decir, pero estamos hablando de una de las películas más divertidas, entretenidas (obviando los diálogos del diablo) y gamberras del año, al no tomarse demasiado en serio a sí misma (que es algo que tampoco deberíais hacer vosotros). Además, que es muy «tarantina» (algo que no era, por ejemplo, Kill Bill, al ser un popurrí -asquerosamente divertidísimo, todo hay que decirlo- de mil géneros diferentes, que rezumaba comercialidad por todos los costados), y se nota en todos sus fotogramas, en cómo QT mueve la cámara, en cómo vive y respira la película por sí sola. Posee, además de las secuencias de acción mejor rodadas del año, mil y un detalles y referencias, como en toda película de Tarantino que se precie, que no debéis dejar pasar, además de unas canciones muy bien escogidas para las escenas de turno (impagable la escena del bailecito erótico entre el personaje de Vanessa Ferlito y el especialista Mike).
Kurt Russell, muy juguetón. Me ha gustado su interpretación, aunque tampoco es para tirar muchos cohetes (lo que daría yo por ver cómo sería el personaje de especialista Mike -un pelín desaprovechado, por cierto- interpretado por el actor que tenía que hacerlo desde un principio: Mickey Rourke). Las chicas, en su punto.
En el fondo el argumento es más simple que el mecanismo de un botijo, y por eso a lo mejor le sobra unos cuantos minutos de metraje, pero la película me ha parecido bastante divertida, y me lo he pasado muy bien, que pese a sus defectos, es lo que importa en realidad.
Con diferencia, la peor película de la corta (pero intensa) filmografía de Quentin Tarantino como director… pero, ¡oh!, ¡ojalá las peores películas de las mejores directores fueran así de disfrutables!
Atención a los detalles de celuloide malgastado expresamente para que la experiencia Grindhouse (aquí mutilada) sea más realista… y a ese repentino e inesperado The End, sencillamente magistral, de lo travieso que llega a ser.
































