La historia cuenta el viaje de una familia de vacaciones que, en cierto momento del trayecto, va a desembocar a una zona desierta que antes había sido una zona gubernamental de pruebas nucleares.Después de un accidente con el coche que los deja momentáneamente abandonados en el lugar, se dan cuenta inmediatamente que, a pesar de la aparente inmensidad despoblada de terreno que observan, tras aquellas piedras, tras aquellas colinas, vive «algo», o «alguien».
«Las colinas tienen ojos» es una experiencia brutal después de una aparentemente serena primera media hora que no da descanso a los nervios del espectador. No revoluciona el cine de terror, eso está mas que claro, pero es una inyección para esa parte del género que nos gusta a muchos, la del terror sórdido, sin sustos edulcorados para el público adolescente, sino con la brutalidad que conlleva el hecho de sobrevivir a un/unos perseguidor/es que no atienden a razones.
La fluidez de la dirección, la increíble fotografía y el reparto que, a pesar de consistir en nombres no muy mediáticos(quizás el más en boga hoy en día sea el de Emilie de Ravin, Claire en la famosa serie «Perdidos»)saben deslizarse en un argumento-con crítica social incluída- donde la adrenalina y la sensación de claustrofobia llevan a unos resultados más que correctos. Cuando salí de la sala, me
quedé con la misma sensación que en su día cuando ví «Kilómetro 666»: esperaba encontrarme una bazofia del 15 y salí con la agradable sensación de haber asistido a lo de siempre, pero con una manera de combinar los «clichés» lo suficientemente bien como para hacerla divertida e intrigante. Vuelvo a repetir: no esperéis encontrar nada original, pero si os gusta el género pasaréis un rato entretenidísimo.















