La película que Borges hubiese disfrutado. Una pequeña joya cuya atrevimiento narrativo, plástico y, sobre todo, conceptual no tiene igual en el cine español.

★★★★☆ Muy Buena

Los Cronocrímenes

Original en extremo, austera, concisa, apelando a lo fantástico pero sin renunciar a la mundana crónica de lo terreno, Los cronocrímenes es un osadía en el cine español que, salvo excepciones, suele confiar en la inteligencia del espectador o en su falta absoluta de ella. Aquí triunfan tozudos ejercicios de malabarismos dramáticos con prosa espesa y vocación de tedio o de espasmo neuronal al tiempo que las taquillas y los videoclubs se abisman de naderías casposas que imitan (mal) las naderías de afuera. En mitad de este barullo inconcreto el genio patrio engendra obras de fuste, películas capaces de tumbar (en vigor, en belleza, en técnica) lo que admiramos extramuros. Salidos de Almodóvar o de Amenábar o de Díaz Yanes, que hacen caja y generan una genuina expectación en crítica y en espectadores, el cine español no se caracteriza por el atrevimiento inteligente. Los cronocrímenes abre, no obstante, caminos que no existían. No es una obra maestra, pero los mimbres de los que parte (su inefable adscripción a la serie B y su impecable registro de serie A) son voluntariamente modestos. Vigalondo, su empeño en conducir un primer largo diferente, busca complicidades más que adherencias. De hecho, la travesía del film, desde el trabajado blog a su formidable campaña de márketing, ha reclutado un público entusiasta, frikis y no-frikis, gente exigente y cinéfilos casuales, que han disfrutado con las aventuras de la momia rosa, las líneas temporales y los giros argumentales de Los cronocrímenes como en los lectores de literatura fantástica han disfrutado de Philip K. Dick, Welles, Matheson o el mismísmo Asimov.Desprovista de imprudentes golpes de efecto, se autocomplace en negar cientifismos, argumentos que expliquen lo que no se precisa, y se confía a la eficacia del guión, que no chirría, y eso en estas materias de conjeturas temporales, iteraciones y paradojas cuánticas es de agradecer. Lo que a Vigalondo le interesa es que el puzzle narrativo no pierda ninguna ficha en el trayecto que va de la escena primera a la última, que son (curiosamente) casi idénticas y ahí consigue méritos para esperar de su ingenio obras de más calado en el futuro. Sale uno del cine (en este caso de mi butacón con orejas en el salón familiar vía DVD) con la sensación de que le falta contundencia, pero por otra parte no sabríamos si ese plus de espectáculo puramente visual hubiese lastrado su modestia perfecta, su impecable sentido pop.
Lo mejor: Su guión.
Lo peor: Su forzada (voluntaria) modestia. ¿ Y si hubiese llegado a más el atrevimiento ?
publicado por Emilio Calvo de Mora el 7 enero, 2009

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