Sweeney Todd

Se le llama autor – y ésta es la categoría de los más grandes – a quien imprime un estilo personal a su trabajo. Tim Burton encaja desde luego con esta premisa, pero el verdadero autor también tiene un discurso y es ahí donde Burton fracasa. Su cine ilumina y absorbe para después perderse en el olvido.

Su mejor película hasta la fecha, la excelente Ed Wood, hacía albergar esperanzas sobre este cineasta exagerado en las formas. Eduardo Manostijeras era un dramón convincente, cine bien hecho que perdura en su majestuosidad hasta los títulos de crédito, después poco o nada; Bitelchus era una comedia pasable; Batman era eso… un tipo serio con mayas vestido de murciélago, magnífico para el lenguaje del cómic pero ridículo en la gran pantalla; Mars Attacks! era un delirio amable que se hacía insoportable en su segundo visionado; Sleepy Hollow era aburrida sin más; el remake de El planeta de los simios, innecesario y el de Charlie y la fábrica de chocolate mejor ni hablar… sólo Big fish pareció sacar de la mediocridad a uno de los directores más injustamente bien considerados del cine actual. De todas formas, al menos Tim Burton intenta hacer cine y eso le dignifica.

Sweeney Todd no sólo le dignifica, también le redime. Cómplice de un musical de por sí extraordinario, Burton aguanta el tipo y hasta es capaz de componer un final trágico memorable. Su barroquismo se contiene y la película se crece.

Johnny Depp – horrible pirata en la terrible saga del Caribe – está mejor que nunca, convence por su seriedad, por su mirada adulta y su voz profunda. Pero lo mejor, lo más delicioso del film es Helena Bonham Carter, su voz rasgada, su gesto cautivador, su mirada estéril, su imposibilidad de alcanzar a Todd y su sentido del humor resultan épicos y acabas rendido a sus pies. Depp y Bonham Carter entusiasman poniendo la piel de gallina cada vez que aparecen en pantalla, cada vez que se miran, cada vez que se detestan y cada vez que cantan.

Cansados de las birrias musicales de los últimos años, de El fantasma de la ópera, de Dreamgirls o de Happy Feet; Sweeney Todd recupera la magia de los grandes musicales, de los que perduran, de El mago de Oz, de Cantando bajo la lluvia, de Siete novias para siete hermanos, de West Side Story, de Cabaret, de Bailar en la oscuridad o de Chicago.

Por este camino de baldosas amarillas, Tim Burton sí llegará a Oz.

Lo mejor: Que la película esté casi a la altura del musical y ese final antológico
publicado por Francisco Menchón el 24 septiembre, 2008

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