Cartas de ultratumba, amor fosforescente…y Kathy Bates salvando la función. Benditos los tiempos en que la comedia romántica eran sinónimo de ingenio y talento. Maldito este Hollywood ombliguista y complaciente…maldito sea.

★★☆☆☆ Mediocre

Posdata: te quiero

Bendito sea el designio divino que inventó la comedia hace la ristra de años. Benditos sus mecanismos de la risa inteligente, la química entre actores de prodigio, el agudo cruce de diálogos, toda la magia que empapaba la pantalla y nos derrotaba a golpes de talento. Benditos los tiempos de todas las hepburns gráciles, los cukors inspirados, los galantes carygrants, aquellos hawks puro frenesí, todos los blakedwards, lemmons y stewarts, los leisens, mccareys y lubitsch de genio y porte, los billywilders poderosos, bienaventurados los que os mamaron a cañonazos de ingenio nutritivo y saciante.

Maldito el Hollywood que prostituye la sana comedia romántica que lo encumbró a los altares de su Edad de Oro. Maldita la simpleza, la ñoñería, la sobredosis de almíbar que embadurna los rincones romos de sus últimas obras. Malditos los guionistas vendidos al poder de los dineros, los que se escudan en la novela para crear naderías, los que trivializan el amor enmascarándolo, rebajándolo, cubriéndolo de recursos fáciles y peligro de hiperglucemia.

POSTDATA: TE QUIERO engorda el listado prohibido a diabéticos del consumo peliculero. El último botón en el muestrario de intensos amores con lazo rosa fucsia, original de la novelista Cecelia Ahern y puesto en imágenes por Richard Lagravenese. Quien firmara los libretos de EL REY PESCADOR (Terry Gilliam, 1991), LOS PUENTES DE MADISON (Clint Eastwood, 1995), EL AMOR TIENE DOS CARAS (Barbra Streisand, 1996) o BELOVED (Jonathan Demme, 1998) sucumbe a las mieles de la taquilla en una historia blanda, que se mira el ombligo de su propio dulzor y lo escupe con innegable oficio narrativo. Qué menos puede exigírsele a una industria curtida en el ¿arte? de relatarnos las humanas pasiones bajo distintos envoltorios.

Se ajusta este producto a la ortodoxia de la factoría de los sueños, cumple las normas a rajatabla, apenas de desmarca de todo lo que, visto el trailer, podría adivinarse. En la trastienda memorística perdura la imborrable DESCALZOS POR EL PARQUE (Gene Saks, 1967), paradigma del género romántico cuando se rociaba de fina ironía. Ya conocemos la función. Pareja de profesionales aún sin el timón de su propia vida, pequeño apartamento en la gran ciudad, madre que investiga si la relación se afianza, amigos y familiares festivos y parlanchines. Pero Jane Fonda y Robert Redford mutan en los rostros de una Hillary Swank lacrimosa y un fantasmal Gerald Butler, a la sazón el amante que muere -dichoso cáncer-, dejando una viuda compungida, desnortada y apática. Es aquí donde la película intenta salirse del arcén habitual, en contar una relación desde la reconstrucción de lo que pudo ser, a través de las cartas que, a modo de póstumos mensajes, recibe la joven de parte del finado para alentarla y hacerle gozar de la vida.

Poco más destapa este discreto relato de autoestima y baches emocionales. La curiosa premisa se desliza por el tobogán del entretenimiento sin pretensiones, aunque pueda descubrirse alguna variación en el argumento. Las mujeres son ahora más fuertes, que se le derrita el alma cuando su macho les mira no conlleva que se rindan cuando éste muere o les abandona. Kathy Bates -a quien sólo le hacen falta dos discursos para adueñarse del film– es la madre luchadora, protectora y cómplice, despechada y comprensiva con su hija. Por lo demás, amigas lenguaraces, amigos sobre los que llorar, viajes idílicos, fiestas en familia. El proceso necesario para empezar a vivir la soledad, vencer la autocompasión, quizás volverse a enamorar. El tiempo de ser feliz otra vez.

Nada se excede en este título amable, digestivo, de fácil absorción y rápido olvido. Lagravenese se encorseta con los ingredientes habituales en los romances del último cine yanqui, acomodaticio y bastante plano. Por si en ocasiones olvidamos que estamos ante una ficción calculada para forzar el moqueo, un irritante fondo musical subraya cada tramo del viaje, sólo a veces puntuado de humor gamberro y chisposo. La pobre herencia de los clásicos que la protagonista devora en sus noches de soledad.

Lo mejor: Kathy Bates
Lo peor: El tufo a mecanismo fácil y complaciente...con todo lo que eso supone. El tono pasteloso y llorón
publicado por Tomás Diaz el 3 julio, 2008

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