Una película que apela a la nostalgia de un personaje que ha tenido un digno colofón, mucho mejor que aquella pelea callejera con el nieto de John Wayne.

★★★☆☆ Buena

Rocky Balboa

Dos momentos definen a la perfección qué supone este Rocky Balboa sexagenario de comienzos de siglo. Por un lado, el final de la película, con las grabaciones caseras de los turistas que, en Filadelfia, suben corriendo las famosas escaleras y, cuando llegan arriba, se ponen a dar saltos en plan campeón, lanzando golpes de boxeo al aire, emulando a Rocky.

A ver. Un ejercicio de sinceridad: tú, tú y tú que vivisteis los combates contra Apollo Cread y que creísteis durante un par de horas que la guerra fría se podía ganar sobre un cuadrilátero, en caso de ir a la gélida Filadelfia, ¿no haríais exactamente igual que los turistas del final de “Rocky Balboa”? Por algo será ¿no?

El otro momento definitorio lo marca uno de los comentaristas televisivos, alborozado, cuando no puede evitar una sonrisa mientras dice: “Me he criado viendo las peleas de Rocky Balboa. Nunca pensé que tendría la ocasión de transmitir uno de sus combates”. Y eso es lo que nos pasa a los espectadores, que nunca nos planteamos la posibilidad, tras aquel mojón infumable que fue “Rocky V”, de volver a ver al potro italiano subido en un ring.

Vamos al cine, por tanto, en una especie de homenaje a una juventud que se nos fue y que, de repente, nos sale al encuentro en forma de boxeador torpón y medio sonado, bienintencionado, majete y apañao. Y, mira, Stallone ha sido lo suficientemente inteligente como para escribir un guión sencillo, coherente y de guante blanco en que todos quedan bien: los blancos y los negros, los jóvenes y los viejos, los padres y los hijos, los vivos y los muertos.

Escrita y filmada como un auto-homenaje a un personaje que está en la historia del cine por méritos propios (no olvidemos que el primer Rocky noqueó en los Óscar nada menos que al Taxi driver de Scorsese), “Rocky Balboa” te hace sonreír a menudo, te convence con esa filosofía de autoayuda sobre abrirse-camino-en-la-vida-a-golpes y te ilusiona con el esperado entrenamiento a base de golpear piezas de carne, levantamiento de barriles de cerveza y esforzadas carreras bajo la nieve, escaleras arriba, al ritmillo de esa música que todos salimos tatareando del cine.

Una película que apela a la nostalgia de un personaje que ha tenido un digno colofón, mucho mejor que aquella pelea callejera con el nieto de John Wayne, y que, al calor de las cervezas post película, nos llevó a buen grupo de amiguetes, Paco, Juan, Enrique, Nacho e Isaac, a recordar aquellas veladas nocturnas frente al televisor, disfrutando con Tyson, Hollyfield, Foreman, De la Hoya, Chaves, Poli Díaz o Lenox Lewis.

Y es que, al final, el bueno de Rocky, como los abueletes de aquel anuncio de un coche, tiene razón: ya no hay boxeadores como los de entonces.
publicado por Jesus Lens el 3 febrero, 2007

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