El ‘potro italiano VI’, se erige en uno de los productos más ‘trash’ de la cartelera. Pura serie Z que puede llegar a suscitar sus simpatías.

★★☆☆☆ Mediocre

Ojos caídos, mirada triste, boca torcida y aspecto, a pesar de los años, y golpes, aún fornido y bonachón. Vuelve Stallone a desenterrar del baúl de los recuerdos al púgil más célebre de la ficción cinematográfica. Y más que dedicarle un mausoleo, su personaje sigue vivo y con ganas de pelea, por lo que le dedica un monumento, a si mismo, a los hechos y a las personas amadas del pasado. Los incondicionales de la saga “Rocky” se lo van a pasar bien.

En su jubilación, el doble campeón del mundo de los pesos pesados ya no se dedica a repartir tortazos en el ring, pero sí a repartir consejos entre amigos, conocidos y a todo aquel que se cruze buenamente en su camino, aunque no venga a cuento. También a relatar una y otra vez sus batallitas del pasado a desconocidos admiradores o clientes de su restaurante, que si viene adrede porque se incluye en el menú de su “Adrian’s”.

Y tiene su gracia que una película que durante la mayor parte de su metraje está filmada de un modo realista y callejero vaya destelleando visos de cariz fantástico hasta entrar de lleno en el terreno más increíble durante su tramo final. Cuando el legendario Rocky Balboa, de casi 60 años, se enfunde el calzón y los guantes de nuevo para aguantar no sólo el tipo en el cuadrilátero sinó también para darle caña a un rival mucho más joven e invicto, una máquina de repartir leñazos vanidosa y poco popular llamada Mason “The Line, Dixon, encarnado por Antonio Tarver (campeón actual y real de los pesos medios), y que aún no había dado con la horma de su zapato.

Nunca sientas que se ha terminado.
Para Rocky, el combate ayudará a dejar atrás el vacío por no poder volver a demostrar lo que realmente uno fue y es, y a un hijo tontorrón y acomplejado por la larga sombra de su padre.

Rocky nunca tira la toalla. Su atrevimiento formal llega a echar mano del blanco y negro, ‘travellings’ y ‘zooms’ rápidos; imágenes quebradas, estilo añejo o realización televisiva, emulando una retransmisión por televisión. Por ello, y por todo el conjunto, “Rocky Balboa”, el ‘potro italiano VI’, se erige en uno de los productos más ‘trash’ de la cartelera. Pura serie Z que puede llegar a suscitar sus simpatías y a la que, en su decadente visión del espectáculo, incluso le viene como anillo al dedo tener a Las vegas como escenario del enfrentamiento final.

Las escaleras del Museo de Arte de Filadelfia, inmortalizadas en el primer Rocky, son objeto de un homenaje especial; y la también famosa música de Bill Conti, y el “Gonna fly now”, se tornan más pausados y melancólicos, hasta estallar en su euforia ante la inmininente llegada de la pelea final.

Pero yo me quedo con ese perro abandonado y viejo que acoge el protagonista, interpretado por Baskis, el mismo can propiedad de Stallone; y con esos primeros planos de un Rocky envejecido, gorra en ristre y acaso derrotado por los años y recuerdos. Y poco más.
publicado por Carles el 14 enero, 2007

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