Si tenéis alguna excusa en forma de hermano, sobrino, hijo o niño prestado , no dudéis en dar el paso al frente para acompañarlo a una sala. Si no, no os queda otro remedio que admitir que a veces, os encanta seguir sintiéndoos niños.

★★★★★ Excelente

Ponyo en el acantilado

¿Os cuento un chisme? Así, en plan secretito, entre vosotros y yo, sin que se entere nadie más. Pues un amigo de un amigo del primo del vecino de un rotulista de tebeos ánime que conoce al que le recoge la ropa para el tinte al sobrino de Miyazaki, me ha contado de buena tinta que Hadao Miyazaki… sí hombre, ya sabéis, el abuelote responsable de películas como “La princesa Mononoke” o “El viaje de Chihiro”. ¿Situados? Bien, pues, como decía, Hadao Miyazaki  últimamente no se hablaba mucho con su hijo, Goro Miyazaki, depués de que el primero dijera del segundo, cuando empezó a hacer su film de debut, “Cuentos de Terramar”, que no estaba preparado para embarcarse en un proyecto de ese calibre. Pues me ha contado, que se ha basado en su hijo, para dar forma al niño protagonista de su nueva película, a ver si limaban asperezas. Y visto lo visto, no es por malmeter, pero si el hijo no le perdona después de parir un personaje tan delicioso, es que no tiene corazón.

El caso es que Miyazaki ha dejado de lado la parte oscura y profundamente metafórica de sus últimas películas para construir un cuento para niños, más sencillo pero no por ello más simple: la historia de un pez enamorado de un niño que quiere volverse humano para estar con él. Una fábula en donde no hay malos, los personajes caen simpáticos (que lance la primera piedra el que no quiera achuchar a Ponyo todo el rato, que será catalogado como ser inerte carente de sentimientos) y en la que le queda tiempo para plasmar alguna de sus constantes, como el respeto a la naturaleza, los personajes femeninos con gran carácter o su manía de tratar a los niños como si fueran seres pensantes y no animales con el raciocinio de una ameba, como hacen muchas películas de animación.

Una animación tradicional cuidada y plagada de detalles, una banda sonora envidiable a cargo de Joe Hisaishi y la frondosa imaginación de Miyazaki vuelven a brillar en la historia del pececillo enamorado. De nuevo toman forma ante nuestros ojos personajes entrañables, criaturas que cambian de aspecto con la maleabilidad del blandi-blup y entrevemos la extensa mitología que tienen en el país del sol naciente.

Una película perfecta para acercar a una sala de cine a los más pequeños, como hace tiempo que no se hacen. ¿Cuál es la última película de animación tradicional, genuinamente infantil que recordáis, en la que los mayores no tuvieran la impresión de estar tirando dos horas de su vida al contenedor de basura? A la espera del resurgir de la sección de animación artesana de la Disney, si es que llega a producirse, el mago nipón es uno de los últimos reductos que resisten a la idiocracia generalizada en el espacio cinematográfico dedicado a los más pequeños.

Si tenéis alguna excusa en forma de hermano, sobrino, hijo o niño prestado por debajo de los ocho años, no dudéis en dar el paso al frente para acompañarlo a una sala. Si no, no os queda otro remedio que admitir que a veces, os encanta seguir sintiéndoos niños.

publicado por Heitor Pan el 30 abril, 2009

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