Una curiosa salida de tono de la industria yanqui poniéndole sal y pimienta a temas de tanta enjundia. Tono desenfadado y mordaz pero también autocomplaciente, frívolo y cubierto de arrogancia. Glamour gamberro para ocultar siniestras infamias.

★★★☆☆ Buena

La guerra de Charlie Wilson

 Nadie mejor que el veterano Mike Nichols podría haber asumido la tarea de dar cuerpo a esta nueva muestra de sátira política en el cine norteamericano. Y lo ha hecho con la más fácil elección de género y postura ante el conflicto que plantea su preciso guión. La comedia sigue siendo el cauce idóneo para filtrar asuntos de gran altura, puesto que aporta algo que la realidad brutal nos niega: el humor. Pero además, se aprovecha el potencial teatral de un argumento hilado al detalle y se exprime el carisma de un trío de ases en el reparto. Algo que el director ya nos ha confirmado dominar, si recordamos títulos como ARMAS DE MUJER, SE ACABÓ EL PASTEL, POSTALES DESDE EL FILO, CLOSER o su imprescindible y furibunda ¿QUIÉN TEME A VIRGINIA WOOLF? -lo más bestia que nunca he visto en un matrimonio se dice y hace aquí-.

El tema árabe está de moda. Nichols y su equipo adaptan una novela de éxito que se focaliza en un aspecto de la Guerra Fría bastante candente: la invasión soviética en territorio afgano y el apoyo logístico y militar de la Gran Nación a los rebeldes armados. LA GUERRA DE CHARLIE WILSON nos mete de lleno y sin preámbulos en la seductora personalidad del congresista más concienciado del país. Su poder de influencia hace que aumente el presupuesto destinado a la lucha anticomunista en Afganistán, y todo porque algo influye, a su vez, sobre él: una mujer -como es lógico-. La sexta más rica de Texas, rancio abolengo conservador, espíritu filantrópico y acérrima cristiana. Junto a ellos, un díscolo miembro de la CIA de origen griego todo lo cínico, impetuoso e irreverente que puede ser. En este triángulo se presenta y ejecuta el plan maestro para matar rusos. Un plan que el director resume con agudeza aunque el ataque final no nos haga sangrar mucho.

No me parece mal que la industria yanqui meta el dedo en estas llagas mediooorientales, aunque se valga de coordenadas pasadas, de un escenario que ha variado en la forma, pero no en el fondo. En los 80 los malos en la zona eran los rusos, y hay que explotar a este enemigo como motor narrativo de una historia de muy americana fachada. Aunque sólo fuera por exterminar al demonio rojo, parece que la acción de Wilson fue positiva. ¿O no? Su tenaz adhesión a la causa árabe tuvo consecuencias nefastas, su armamento de las tropas rebeldes culminó en el brote de la facción más irracional y grotesca del conflicto: el régimen talibán y su terrorismo organizado. Gran paradoja que revela el nivel de estupidez que pueden alcanzar las más cerebrales decisiones. Sin ahondar en este punto -sólo se sugiere en una cita final-, la película exalta las bondades solidarias de un hombre solo ante el congreso, una especie de quijote que ahora hace su favor más benévolo: salvar a un país del terror. Esta historia es un trayecto por su propia guerra, y nos llega impregnando la seriedad con un barniz ácido muy calculado para agradar.

La visión del conflicto, cómo no, bebe de los esquemas más clásicos de la screwball comedy fina y sofisticada, que es la más diplomática manera de hacer sarcasmo en temas tan pantanosos. Una dirección ágil y -sobre todo- el libreto de Aaron Sorkin, que condensa mala uva en diálogos puntillosos con gotitas sueltas de puro ingenio. La puesta en escena cambia de escenario aunque los personajes siempre hablan, hablan, hablan. Y, a veces, saltan chispazos de cierto delirio. No es extraño, hay mucho oficio detrás del telón. Pero poco más. Lo mejor de la función: Hanks, convertido su yanqui porte en lo más liberal e incauto; y Seymour Hoffman, que está por encima del bien y del mal. Roberts sigue haciendo de Roberts con tinte platino.

La película es una curiosa salida de tono de la industria yanqui poniéndole sal y pimienta a temas de tanta enjundia. Tono desenfadado y mordaz pero también autocomplaciente, frívolo y cubierto de arrogancia. No olvidemos que la historia la cuentan ellos, los salvadores de cualquier patria en peligro, los redentores de pecados y culpas ajenas, pero también los mejores fabulistas, los superdotados de la narrativa aseada que hemos mamado. LA GUERRA DE CHARLIE WILSON no deja de ser eso: un relato algo epidérmico con moraleja; una higiénica autocrítica vestida de tiros largos que pretende convencernos de lo magnánima y bienhechora que puede ser la Gran Nación; un inteligente mordisco sin dientes en materias dignas de mayor respeto; un espectáculo rutilante que luce el brillo de sus estrellas en paisajes de desolación y muerte.

Nichols acierta con su glamour gamberro, con su mesianismo mojado en cava, con sus comunistas supermalvados y sus bondadosos -y lascivos, y alcohólicos- libertadores. Es perro viejo

del cine y sabe apuntar. Muy buen intento el suyo de extraer comicidad de la alta política. No tan valiente como nos lo venden, pero ajustado. Aunque el resultado no engrandecerá otra cosa que el ego de cierto público yanqui. Desde Europa, sabemos ver matices grisáceos en medio de tanto color, sabemos que la Historia siempre acaba alumbrando infames rincones que algunas películas prefieren esquivar.
Lo mejor: El tono gamberro que encierra un trasfondo autocrítico bastante revelador.
Lo peor: El tono gamberro que encierra un trasfondo autocrítico bastante revelador.
publicado por Tomás Diaz el 14 mayo, 2008

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