Un film que, a través de un punto de vista lógico y original a la vez, nos cuenta la misma terrible historia, camuflando desde su particular perspectiva la enorme complejidad de factores que, con inteligencia, se encuentran plasmados en la película.

★★★★☆ Muy Buena

El niño con el pijama de rayas

Otra película sobre el tema que más contenido narrativo ha generado en el último siglo. El horror de la Shoá se ha plasmado en muchísimos films, muchos de ellos muy loables. Parecería que con cada buena película que trabaje el tema, se renueva la necesidad de seguir indagando en uno de los episodios más negros de la historia de la humanidad. El secreto ideal para “redescubrir” aquello que ya conocemos por muchas otras películas (y que, sin embargo, es necesario seguir conociendo) es toparnos con un nuevo punto de vista desde el cual se cuenta el horror. Hasta hace no mucho, el único punto de vista posible era el de las víctimas. A medida que pasa el tiempo, la historia reciente comienza a leerse con otros ojos, y uno empieza a preguntarse, por ejemplo, cuál fue el comportamiento de la sociedad alemana frente a los campos de concentración y de exterminio. Preguntarse esto es un signo de madurez fundamental para analizar determinados acontecimientos históricos. La historia de El niño con el pijama de rayas está contada desde el punto de vista del hijo de un soldado nazi. La mudanza de la familia a una zona aledaña a un campo de concentración (en el libro se especifica que es Auschwitz), lleva al joven Bruno a preguntarse quiénes son aquellos que trabajan en una “granja” cerca de allí, a qué están jugando, y por qué visten pijamas. La historia se muestra como el reverso exacto de la multipremiada y controversial La vida es bella. Si en aquella el niño encerrado en el campo era estimulado a creer que estaban ante un juego, aquí quien ignora lo que ocurre es quien vive afuera, que no entiende por qué los adultos dicen que los judíos son el enemigo de la nación. La inocencia e ignorancia de Bruno sobre lo que ocurre a su alrededor llega a resultar exasperante, aunque esta situación regala algunos de los momentos más lúcidos del film, cuando Bruno comienza a comprender la realidad en la que se encuentra inmerso. Si bien la película concentra la mirada en el amistoso encuentro entre Bruno y el niño del título (aunque se entiende que este vínculo puede encontrarse mucho más explotado y enriquecido en la novela original), los momentos más valiosos del film son aquellos que consiguen retratar diversas miradas de los propios alemanes sobre el horror nazi. Desde el padre-oficial nazi, hasta la madre, que se indigna ante el horror que la circunda, y ve con malos ojos la adhesión de su hija a las juventudes hitlerianas, incluyendo al teniente que enamora a la hermana de Bruno, mientras oculta el exhilio y la oposición política de su padre. Diferentes posturas se vislumbran con claridad, sin perder de vista la mirada del pequeño Bruno, lo que le da a la película un espesor distinto al resto de films que abordan el tema de la Shoá. Si bien el final sumerge a la propuesta en el más duro golpe bajo, por más que cueste ver cierto regodeo de Mark Herman en el final que John Boyne imaginó para su novela, no resulta fácil pensar otro desenlace para esta historia, y es imposible permanecer indiferente ante el sórdido pero coherente final. Sin embargo, pese a que los últimos minutos del film no estén a la altura del resto de la película, nos encontramos ante un film que, a través de un punto de vista lógico y original a la vez, nos cuenta la misma terrible historia, camuflando desde su particular perspectiva la enorme complejidad de factores que, con inteligencia, se encuentran plasmados en la película. Pensar que la obra original es infantil no hace más que entender y admirar la formidable forma de narrar la Shoá, para que niños y adultos comprendan y no olviden los horrores del pasado.
publicado por Leo A.Senderovsky el 29 diciembre, 2008

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