Una película notable tanto en el apartado técnico como en el interpretativo, pero que lamentablemente se ve desvirtuada por la evidencia de una apuesta excesivamente elegíaca y trascendental.

★★★☆☆ Buena

Aritmetica Emocional

Aritmética emocional, también conocida como Autumn hearts: a new begining, es el segundo largometraje de Paolo Barzman, habitual director de series de televisión y telefilmes que dio sus primeros pasos como audante de dirección de Jean Renoir.

Basada en la novela de Matt Cohen e interpretada por Susan Sarandon, Christopher Plummer, Gabriel Byrne, Roy Dupuis, Max von Sydow y Dakota Goyo, Aritmética emocional cuenta la historia de Jakob Bronski, un joven detenido en Drancy, el campo de concentración situado a las afueras de París, quien durante la guerra se hizo cargo de dos niños, Melanie y Christopher. Cuarenta años más tarde, Melanie descubre que Jakob, de quien creía que le habían trasladado de Drancy a Auschwitz y asesinado en este último campo de concentración, aún vive. Inmediatamente, Melanie invita a Jakob a vivir con ella y su familia en su granja de Canadá. Para sorpresa de Melanie, Jakob llega con Christopher, y tanto ella como Christopher deberán enfrentarse a los lazos que los unen. El pasado retorna al presente en una historia de amor tierna e inesperada que trastocará tanto sus vidas como las de los que les rodean.

Para bien o para mal, Aritmética emocional hace honor a su título.

Suele ocurrir que cuando los sentimientos y las emociones han sido tan concienzudamente analizados y estudiados como en esta película, éstos no suelen transmitirse con la fuerza esperada al espectador, como es el caso que nos concierne. Es por ello que una propuesta prácticamente perfecta sobre el papel como Aritmética emocional -con un guión inspirado, una historia manida aunque no por ello menos trágica, un reparto de lujo, una fotografía exquisita, una cámara enfática y una banda sonora evocadora y sugerente- no llega a introducirnos del todo ni en su historia ni en sus personajes.

Hay que tener en cuenta que Aritmética emocinal no es un título más sobre el Holocausto, sino que más bien parece querer servirse de dicho suceso para plantearnos una pregunta mucho más universal: ¿es preferible olvidar, o mantener vivos los recuerdos de un pasado atroz?. Del mismo modo que sus personajes, unos pueden pensar que es mejor seguir viviendo y olvidar lo sucedido, mientras que otros alegarán que debe mantenerse el recuerdo para que la historia no vuelva a repetirse. Dicha pregunta y las correspondientes emociones que afloran en sus protagonistas son el eje en torno al cual gira una película de factura impecable, con una fotografía que oscila de los vívidos colores a los fuertes contrastes lumínicos en blanco y negro de sus flashbacks, ciudada hasta el más mínimo detalle, donde incluso el clima evoca el estado anímico de sus personajes y el devenir de los acontecimientos.

En cuanto a este aspecto, resulta curioso que nos emocionen más los sentimientos de aquellos que no estuvieron presentes en Drancy que los de los propios afectados: sentimientos de culpa, de humillación, impotencia y rencor de un marido y un hijo por sentirse indignos de conocer una historia que en el seno familiar se presume consabida. Son, como bien dirá el personaje interpretado por Max Von Sidow en un instante de lucidez, una víctima indirecta de las atrocidades de la guerra. Esa sensación de inferioridad, de no tener derecho a sufrir, adquiere una fuerza admirable en el contrastado modo de exteriorizarse de un hijo dolido y un padre lacónicamente irónico.

Por contra, el trío protagónico vive inmerso, cada cual a su modo, en una profunda crisis que con el tiempo han sabido ignorar, pero que su reencuentro les obligará a afrontar de una vez por todas para redimir sus conciencias, cicatrizar las heridas y reconciliarse, tanto con el pasado encarnado en sus compañeros como consigo mismos. El hecho de compartir sus particulares recuerdos servirá para conferir tanto a los propios personajes como al espectador una visión poliédrica de lo acontecido, una desmitificación de un suceso que les ha obsesionado a lo largo de su vida, dando coherencia tanto a sus personalidades como a sus relaciones con los que les rodean. Por el camino, nos encontramos con un amor reencontrado carente de impronta, a pesar del celo de su director por traducir en miradas y gestos un rebrotado romance exígu oen palabras.

En definitiva, Aritmética emocional gira en torno a la memoria, deambula alrededor de un retrato íntimo de unos personajes más cercanos a las hieles del pasado que al presente, en una película que lamentablemente se ve desvirtuada por la evidencia de una apuesta excesivamente elegíaca y trascendental, cuyo abuso de su tono crepuscular, personajes contemplativos e imágenes metáforicas resta fuerza a unas interpretaciones notables aunque estériles.
publicado por Oscar Martínez el 9 junio, 2008

Enviar comentario

Leer más opiniones sobre

muchocine 2005-2019 es una comunidad cinéfila perpetrada por Victor Trujillo y una larga lista de colaboradores y amantes del cine.