Sobria y elegante reflexión sobre la memoria y el peso del pasado como motor de la existencia, sobre el ajuste de cuentas con íntimos fantasmas para alcanzar la felicidad. Enormes actores para una hermosa historia de culpa y redención.

★★★★☆ Muy Buena

Aritmetica Emocional

Destilan las imágenes de esta hermosa película una nobleza insólita en el cine actual, ese aliento cálido que preavisa de torrentes emocionales a todas luces devastadores. Pero se antoja complejo adaptar un material tan intenso como el escrito por Matt Cohen, pues a estas alturas abundan las historias centradas en los efectos psicológicos de las guerras -del color que sean- y las lacras afectivas que impone su recuerdo. Animado por la potente base literaria, el canadiense Paolo Barzman se salva del mediocre y peligroso lamento efectista y opta por trazar un relato firme en sus intenciones, hecho desde y sólo gracias a la búsqueda de honestidad.


ARITMÉTICA EMOCIONAL -extraño título cuya carga semántica descubre uno de los protagonistas- discurre por su vereda narrativa con la falsa mansedad de un riachuelo que sabemos se volverá turbulento. La trama nos ubica en un entorno de bucólica belleza, el idílico y elocuente paisaje de Québec donde una plácida convivencia familiar se verá alterada por figuras emergentes del pasado. Habla el director con sobriedad y elegancia de la memoria como motor de nuestra existencia, del retorno a un tiempo de infamias, de angustia y sinrazón como la válvula para otorgar valor al presente. Pero también habla de amor. Del sentimiento amoroso hacia los tuyos, y de ese otro amor latente que se ha callado, que se oculta por temor a hacer daño a tu familia. Y también de la culpa. O, mejor aún, del sentido de responsabilidad hacia esa persona que siguió sufriendo la brutalidad de la guerra al permitir que te salvaras. Y del conciliador poder de los reencuentros. Muchos son los rincones de humanidad que el director pretende abarcar, y de todos sale airoso, siempre escoltado por la inspiradora novela primigenia. El trayecto es lacerante, lo intuimos desde el confortable inicio, y, aún así, lo recorremos sin pesar porque lo alimenta un último poso de esperanza y redención. Necesario. Liberador cuando los créditos explicativos del final ponen broche al viaje.

Barzman dispone un cuerpo dramático agridulce y contenido, ajeno a la estridencia. Su film no se anda por las ramas al contar el choque de los personajes, es directo, preciso y pletórico en detalles de gran riqueza. La historia muestra el reencuentro de la frágil Melanie -Susan Sarandon- con dos rostros que selló en su memoria tras la dolorosa experiencia en un campo de reclusos en el París de la ocupación nazi. Jakob -Max von Sydow-, el poeta judío que la protegía del horror y le confió la insigne tarea de escribirlo en un diario vuelve a ella como venerable anciano. Y regresa junto al inesperado Christopher -Gabriel Byrne-, el niño sin padres que fue su cómplice en el guetto, ese amor truncado pero siempre recordado tras años de unión con David -Christopher Plummer-, protector esposo antes que amante. Un bello y punzante argumento que se va modelando con afecto, con sutiles diálogos engordando escenas de alta presión, de irresistible sabiduría.

Sobre estos cuatro vértices pivota un complejo tratado acerca de llagas que perduran e impiden olvidar, a las que el buen hacer y la intuición de H. Jefferson Lewis, autor del libreto, aleja de la complacencia. Nada es tan fácil como lograr nuestra implicación con este sólido material, un derroche de equilibrio en lo narrado y en sus formas. Nada termina siendo tan duro como hacer nuestro el dolor compartido entre los protagonistas, verlos evolucionar, afrontar su mutua necesidad, transformar las heridas lastimosas en la única llave de algo parecido a la felicidad. Dicen que el pasado siempre regresa, aquí lo hace bien mediante estilizados flashbacks -la conexión de Melanie y Christopher con su infancia perdida-, bien con los fantasmas de esos niños que ahora aletean en la conciencia del viejo Jakob. Recursos que la mente -¿o será el corazón?- ofrece para decirnos que tanto dolor acaba mereciendo la pena si no se olvida, si hacemos justicia y reparamos el daño cometido, icluso con nosotros mismos.

ARITMÉTICA EMOCIONAL se quedaría a medias en su caluroso sentimiento humano sin un cuadro actoral formidable, comprometido con el texto, magistral. Susan Sarandon vuelve a estremecer a base de talento, sólo equiparable al gesto sereno de Christopher Plummer y Gabriel Byrne y la distinguida, rotunda, reveladora figura de Max von Sydow. Juntos configuran este inteligente entramado que bascula con mesura entre pasado y presente, entre la culpa y el perdón, una obra que revela insalvables conflictos, obligado recuento de fracasos, personales luchas por recobrar la estabilidad. Es tiempo de rendir cuentas con la historia y no seguir adelante como si nada hubiera sucedido, nos dice la protagonista. Es el único modo de evitar la traición a quienes te aman y, quizá también, entenderse mejor frente al mundo, de empezar a vivir.

Lo mejor: Susan Sarandon, Max von Sydow, Christopher Plummer, Gabriel Byrne, la contención emocional, el paisaje.
Lo peor: No recuerdo.
publicado por Tomás Diaz el 8 junio, 2008

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