Cuarón ha logrado un equilibrio entre mensaje y espectáculo, tan raro en estos días que resulta hipnotizante. Si esta película la hubiera filmado un maestro consagrado, a estas alturas muchos ya hablarían de clásico.

★★★★★ Excelente

Hijos de los hombres

2027: ya no hay niños en el mundo. La premisa inicial de ‘Hijos de los hombres’, dirigida por Alfonso Cuarón, no nos viene dada en un letrero tipo ‘Star Wars’, ni por una voz en off, ni los personajes se ponen a hablar directamente de ello. Cuarón deja que la tesis futurista del relato original de P.D. James sea, simplemente, la gota que ha colmado el vaso de un mundo tan desquiciado como, por ejemplo, éste en el que vivimos. Y desarrolla toda la ambientación de la historia a partir de ese desquiciamiento final. Países arrasados, presa de la anarquía. Leyes anti inmigración llevadas al extremo. Terrorismo amenazando a todo tipo de ciudadanos, perpetrado tanto por grupos radicales como por el mismísimo gobierno. Fatalismo y desesperación en los ciudadanos, que saben que a la raza humana le queda tan sólo una generación de vida.

En ese entorno, Theo Faron es un desencantado más. Funcionario del gobierno inglés (el único país aparentemente en pie), resignado a las atrocidades que suceden alrededor. Él también ha aceptado el mundo que le ha tocado vivir. Pero un día es “reclutado” para ayudar a Kee, una inmigrante ilegal, a escapar del país. Ese día cambiará su vida para siempre, y le hará despertar una conciencia que llevaba demasiado tiempo dormida.

Hay que reconocer que la propuesta de Cuarón es un historia sencilla, y ya contada. Pero es que esta es una de esas raras ocasiones en las que el cine cuenta más a través del mundo de los personajes que a través de los personajes en sí. La trama parece más una excusa para llevar a las últimas, apocalípticas consecuencias, la trayectoria que la raza humana nos hemos marcado. En cada plano general, en cada panorámica, encontramos tanta información que resulta casi innecesario hacer avanzar la historia a través del guión. Cuarón ha construido un mundo tan real que lo único que tienen que hacer los actores es limitarse a (sobre)vivir en él. Ése es el grandísimo mérito de ‘Hijos de los hombres’: no sólo parte de una situación sugestiva para contar una historia, desarrolla un mundo a partir de esa situación, y hace que sus personajes nos lleven a través de ese mundo, dando lugar a la historia.

Así, muy convincente Clive Owen como el desencantado Theo; efectiva Julianne Moore como Julian; vulnerable y emotiva Claire-Hope Ashitey como Kee; y fenomenal casting de secundarios, con Michael Caine, Peter Mullan, Chiwetel Ejiofor y Pam Ferris a la cabeza. En mi opinión, los personajes son siempre coherentes con su naturaleza, y cuando ceden el protagonismo lo hacen ante el horror que se despliega ante ellos; lo que algunos llaman personajes difuminados yo lo llamo otorgar importancia, en cada momento, a lo que interesa. Y Cuarón tiene claro cuándo el protagonista es ese mundo monstruoso que rodea a Theo Faron.

El apartado técnico, simplemente intachable. Las comparaciones con ‘La guerra de los mundos’ son merecidas, porque Cuarón, como Spielberg, juega la baza de dejar que el mundo creado hablen por sí mismos. Cuando otras películas, como ‘V de Vendetta’, juegan a la distopía sin mostrarla, haciendo que los personajes hablen de lo mal que está todo, Cuarón acierta al meternos de lleno en esa realidad, para dejarnos escapar por los pelos en cada secuencia. La fotografía, el vestuario, el arte, los FX, el maquillaje, forman un todo en el que las visiones más alucinantes son posibles, desde el famoso cerdo gigante de los Pink Floyd volando sobre Londres hasta un asalto con artillería pesada a un suburbio del sur de Inglaterra lleno de insurgentes y refugiados.

Y mención aparte la labor como director de Cuarón, espectacular durante todo el metraje, pero rayando lo imposible en varios planos secuencia de virtuoso; aunque yo me quedo con una imagen que resume la filosofía de la puesta en escena de ‘Hijos de los hombres’: un autobús lleva a los protagonistas, mientras por las ventanas del mismo vemos el patético destino que los inmigrantes pueden llegar a sufrir en este mundo. Sin subrayados, sin planos de detalle. Sólo el mundo a través de las ventanillas de un autobús.

Cuarón ha logrado un equilibrio entre mensaje y espectáculo, tan raro en estos días que resulta hipnotizante. Si esta película la hubiera filmado un maestro consagrado, a estas alturas muchos ya hablarían de clásico. Para mí sí lo es. Un 9,5.
Lo mejor: La lección de puesta en escena que da Alfonso Cuarón a lo largo de la película.
Lo peor: Aún sigo buscando algo...
publicado por Plissken el 27 octubre, 2006

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