Saber jugar con tópicos, sin ser típico, es dificilísmo. El director, aquí, es amo, no esclavo. Y como amo, puede moverse libremente. Puede reinventar, por fin, una historia sobre vampiros. Joya llena de sentimiento y que pide nuestra complicidad.

★★★★☆ Muy Buena

Déjame entrar

La sólida Drácula, de Bram Stoker; la cómica, por bien que terrorífica Noche de miedo; la estúpida Entrevista con el vampiro; la lúcida Vampiros de John Carpenter; la pretenciosa Jóvenes ocultos; la étnica Blade; la sorprendente 30 días de oscuridad; y un largo etcétera de películas vampíricas rodadas en las 2 ó 3 últimas décadas, tienen algo en común: todas quieren ser distintas a las anteriores.

Algunas lo consiguen, otras no. Y está claro que algunas lo logran con más acierto que otras. Blade, por ejemplo, aspiró a ser diferente por el hecho de poner a un vampiro negro, en vez de blanco; además de dotar a la criatura con técnicas de karate… ¿Eso distingue a un vampiro de los que ha habido anteriormente? Pues sí, no diré que no. Pero es una de las maneras más burdas y fáciles de perseguir la "originalidad". Y el caso es que sobre este mismo eje revolotean las ínfulas de innovación de la mayoría de producciones.

 -Si tú pones a un vampiro en el presente, yo lo pongo en el pasado (¡chúpate esa!); si tú lo haces blanco, yo me lo invento afro; que tú le añades tintes de criatura filosófica y sabia, pues yo lo reinvento como un gamberro adolescente.

De hecho, cuando todos estos elementos subyugan a una película vampírica, decimos que hemos penetrado en el terreno de los tópicos y de los efectos manidos. Éstos, a su vez, conducen a una obra hacia la peor de sus muertes: ser predecible. Así, la pestilente inventiva de algunos directores y guionistas intenta atrofiarnos el sentido del buen gusto. Y llega un punto en que ¡estamos hartos de ver siempre a la misma criatura pero con distintas caretas! No obstante, a veces, en contadas ocasiones, irrumpe un director con un enfoque distinto. Pero esta vez sí: Distinto. Su originalidad va más allá de los decorados, del color de la piel o de la longitus de unos colmillos. 

Tomas Alfredson (ese director elegido), no se somete a los tópicos. La pirueta que él hace es rarísima en el cine: ¡somete a los tópicos! Cabalga sobre ellos, los hace sus siervos. Y en este punto de maestria, los tópicos se dejan conducir servilmente y se convierten en elementos deliciosamente vertebradores. Saber jugar con tópicos, sin ser típico, es dificilísmo… El director, aquí, es amo, no esclavo.

Y como amo, puede moverse libremente. Puede reinventar, por fin, una historia sobre vampiros. No le hace falta incorporar grandes efectos especiales, ni gastarse millones de dolares en reparto. Ya puestos, ni le es menester mostrar los colmillos de la criatura. Sencillamente, con un buen guión, mucha honestidad, maestría, sencillez, las cosas claras, esta película conduce a una meta. Una pequeña historia que toca infinidad de temas y penetra en lo más íntimo del ser humano y la sociedad.

Pequeña joya llena de sentimiento y que pide nuestra complicidad. No apta para púberes romos que disfrutan con Blade y que creen que Pelle el conquistador es un título futbolístico. 

 

Lo mejor: Tempo pausado, ma non tropo, sutilezas, sometimiento de los tópicos, huye de lo fácil, complicidad con el espectador, diálogos, los silencios que hablan.
Lo peor: Algunas escenas de Bulling, no aptas para almas sensibles.
publicado por Francesc Canals Naylor el 5 abril, 2010

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