Una vez en casa, reflexionaremos a partir de las réplicas del terremoto visual que hemos vivido.

★★★★☆ Muy Buena

Hijos de los hombres

En continuo y agobiante equilibrio entre la esperanza y la agonía, este intenso trabajo nos avisa de que el tan anunciado mañana ya está aquí.

El inicio, vibrante y conciso, nos da las claves de lo que veremos: un Londres de 2027 similar al actual… a priori. El habilidoso Alfonso Cuarón nos introduce en la apabullante historia con pocos planos y nada de artificios digitales innecesarios. No necesita más que unas rápidas y certeras panorámicas y algún que otro documento informativo que bien podría emitirse por la televisión actual.

Rodada con intensidad y buscando el tono real en todo momento, la película nos asesta un duro golpe, a nosotros que estamos plácidamente sentados en una butaca y lo que vemos nos parece lejano. El fin de la humanidad ya no está en manos de alienígenas ni es cosa de robots. Puede que tampoco muramos por un gran terremoto o el impacto de un meteorito; nosotros seremos los culpables y lo terrible es la tranquilidad con que lo vemos.

Al igual que V de Vendetta y 28 días después, la inquietante Hijos de los hombres se ambienta en Londres, una capital occidental donde no extraña que el fenómeno de la inmigración se lleve a consecuencias bestiales, en un paso más allá del dado por Michael Winterbottom en la también indispensable Código 46. No nos olvidamos de los guiños al terrorismo y la manipulación de los ciudadanos como títeres a manos de los gobernantes. Esta fábula lo engrandece todo pero está narrada de una manera tan creíble que asusta. Es más, hasta podemos imaginar el final, porque no necesitamos respuestas a los interrogantes planteados.

La cámara en mano no deja de rodar durante minutos que se hacen eternos. Son los llamados planos-secuencia que, apoyados en el sonido atronador, contribuye a que tengamos la sensación de estar dentro de una terrible aventura simulada. Clive Owen (Closer, Sin City, Plan oculto) y la convincente Clare-Hope Ashitey son nuestros guías por este mundo a veces poético y siempre tremendo, fotografiado de manera triste y expresiva, con tonos grises y azules. El colorido viene dado por las medidas interpretaciones de Michael Caine y Julianne Moore. Aportan el punto de comicidad necesario para que la tragedia tenga más valor.

No pasó por mis manos el libro homónimo de P.D. James, pero me han comentado que cualquier parecido con él era pura coincidencia. Ratifica nuestra idea de que estamos ante dos formas de expresión diferentes. En cuanto a la sustancia, no es que el texto tuviese más contenido filosófico y humanístico, sino que Cuarón apuesta por el suspense y acción, armas fílmicas que contribuyen a que el mensaje llegue casi sin avisar y el bofetón sea más sonado. Una vez en casa, reflexionaremos a partir de las réplicas del terremoto visual que hemos vivido.
Lo mejor: Las ganas de ver más cine del estilo.
publicado por Daniel Galindo el 23 noviembre, 2006

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