Mikhalkov transmuta el discurso de Lumet sobre los valores liberales del ciudadano medio norteamericano en plena Guerra Fría en la desubicación de la sociedad rusa actual, dividida entre los ecos del postcomunismo hermético y el nuevo capitalismo.

★★★☆☆ Buena

Dirigida por el venerado actor y director ruso Nikita Mikhalkov, 12 es una nueva adaptación de la obra teatral de Reginald Rose, ya llevada al cine con maestría por Sidney Lumet en 1957, y que el propio Mikhalkov también trasladara hace algunos años a los escenarios.

Nominada al Óscar a la Mejor Película de Habla No Inglesa y al León de Oro en el pasado Festival de Venecia, 12 cuenta la historia de un chico checheno de 18 años acusado de asesinar a su padrastro, un oficial del ejército ruso. Doce miembros de un jurado popular son encerrados en el gimnasio de una escuela para decidir su destino. La decisión debe ser unánime, pero cuando la vida de alguien está en juego, siempre hay espacio para la duda, y las tensiones acaban por explotar…

Valiente aunque inacabable film resulta ser 12, el primer largometraje de Nikita Mikhalkov tras ocho años de silencio desde El barbero de Siberia. Con nada más y nada menos que 153 minutos de duración, esta versión rusa de Doce hombres sin piedad pretende tanto actualizar una obra maestra del cine y el teatro como trasladar su acción a un nuevo escenario, que no es otro que una sociedad rusa que se encuentra entre los ecos del comunismo y los nuevos aires del capitalismo.

12 posee no pocas virtudes, entre las cuales cabe destacar por encima de todo el tratamiento de sus personajes, individuos concienzudamente retratados que otorgan a la película de Nikita Mikhalkov un crisol de personalidades muy por encima del cuasi monólogo de Henry Fonda (amén de su antítesis, interpretado por Lee J. Cobb) visto en la película de Lumet. Es precisamente dicho abanico de personalidades el que distancia a 12 de Doce hombres sin piedad, pues si en la película de Lumet, Henry Fonda encarnaba el discurso de unos valores liberales, o lo que es lo mismo, al ciudadano íntegro que justificaba su discrepancia a través de la duda razonable (y, contextualmente, supeditaba el recelo y el miedo instaurado en la mentalidad norteamericana como consecuencia de la Guerra Fría en favor de su visión de la justicia), en 12 imperan las vivencias personales, reflejando la poca confianza que inspira la justicia legal en la mentalidad rusa, guiada más por instintos que por normas.

De este modo, todos y cada uno de los personajes de 12 alteran su veredicto en favor de su propia experiencia (o la de otros), justificando así su racionamiento de un modo mucho más exhaustivo que su homóloga norteamericana, además de reflejar a través de sus vivencias personales los diferentes temores y tabúes de una sociedad en reconstrucción hasta hace bien poco hermética, la cual refleja sus miedos a través de los recelos, los complejos, un abierto racismo -y, de un modo muy inferior, el sexismo- y la demagogia.

Además, la película de Nikita Mikhalkov otorga especial fuerza a la idea del Destino, esa suerte de energía invisible que guía nuestros pasos y que adquiere tintes de justicia divina -esa estampa que el personaje de Sergei Makovetsky deja presidiendo la sala-, en todo un alegato a las segundas oportunidades, al rechazo de las primeras impresiones (o impulsos) y del odio y el rencor, en una película repleta de metáforas -ese pájaro encerrado en el gimnasio que es finalmente liberado, o ese reiterativo can bajo la lluvia- y de segundas lecturas, todas ellas trasladables a un contexto social.

Por otro lado, 12 es una película inconfudiblemente rusa, con unos personajes -como mínimo- pintorescos, dotados de un curioso sentido del humor y de una gesticulación casi teatral. Dentro de dicha teatralidad podría incluirse también el resto de elementos que componen 12, con una cámara que juega constantemente con los contrastes, que sitúa en todo momento a Mikhalkov dentro de su encuadre a pesar de carecer de diálogo com oele,mento privilegiado, y que concede a la acción que en ella transcurre cierta grandilocuencia, cierto tono operístico que se compagina y al mismo tiempo contrasta con las contundentes escenas de acción a modo de déjà-vú del joven juzgado, cuya factura es eminentemente hollywoodiense.

Por desgracia, todas estas virtudes quedan supeditadas a una imperante sensación de irregularidad que en realidad no es tal, pero que nace tanto de una duración desproporcionada como de una sensación de innecesariedad que pasa irremediable factura en un espectador que, por contra, puede que una vez haya dejado reposar sus dos horas y media de metraje, recuerde más las virtudes de 12 que sus carencias.

Al menos, eso es lo que a mí me ha ocurrido.
publicado por Oscar Martínez el 6 junio, 2008

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