Óscar. Una Pasión Surrealista es una película que nafrauga entre dos historias lamentables que si por separado no funcionan, juntas aún menos

★☆☆☆☆ Pésima

Óscar Una Pasión Surrealista

Hay películas que por la profundidad de su discurso, por su calidad o por el calado de la denuncia que realizan, consiguen hacer pensar al espectador, hacerlo meditar y reflexionar acerca de la naturaleza del ser humano o la del mundo en el que vive. Las más álgidas consiguen además crear interesantes debates entre las personas que han acudido juntas a verlas.

Sin embargo hay otras películas que ciertamente logran que el público piense, pero no sobre temas tan profundos, sino que debido al lamentable y bochornoso espectáculo que desfila por la pantalla, es lógico que cada uno se ponga a pensar en tareas pendientes o se acuerde de aquel ser afortunado que no ha podido ir al cine en el último instante. Y también éstas crean debates, aunque suelen ser más simples, y se limitan a los partidarios de acordarse de la madre del director y los partidarios de extender tal recuerdo a todo el equipo técnico y artístico. Sin duda, Óscar. Una Pasión Surealista es uno de esos films, que caen tan bajo que provocan la vergüenza ajena. De lo que sí podrá estar orgulloso Lucas Fernández es que no se trata de un biopic convencional, aunque visto lo visto, uno no sabría decidir cuál de los dos caminos es el menos afortunado. Con la intención de reivindicar la figura del surrealista Óscar Domínguez, el cineasta canario añade una historia de ficción como teórico complemento a la del pintor, siendo el resultado una auténtica abominación. Ninguna de las historias funciona ni por separado ni en combinación con la otra, y es que son de una simplicidad y vulgaridad asombrosas. Mientras que la de ficción es lenta, previsible y repleta de tópicos, la de Óscar Domínguez resulta demasiado atropellada. Los actores no hacen acto de presencia, y es que se limitan a recitar los diálogos mientras deambulan desganados por la pantalla.

Óscar. Una Pasión Surrealista es una película que nafrauga entre dos historias lamentables que si por separado no funcionan, juntas aún menos. Tras ver el film uno se pregunta en qué se ha gastado el equipo de producción los seis millones del presupuesto, porque la ocupación alemana de París resulta de lo más ridícula y casera.

     

     

     

     

     

Lo mejor: Al menos es corta.
Lo peor: Absolutamente todo.
publicado por Francisco Bellón el 23 febrero, 2008

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