Que viva el melodrama que consigue emocionar y transmitir sensaciones al espectador, que le coge un pellizco y le sacude las entrañas, que le hace sentir, pensar, discutir, enfadarse, indignarse e interesarse por los protagonistas de un periodo de nu

★★★☆☆ Buena

Con una frase premonitoria termina la última película de Manuel Huerga. Más o menos viene a decir que “el caso de Salvador ha politizado a la sociedad española, lo que no es poco en este país”.

Lástima que ahora, recién estrenada la película, sin que los estudiantes tengan clase y haciendo un tiempo adecuado para dejarse caer por el cine, la mayoría de los espectadores de “Salvador” ya peinen canas. Porque es una película que toda esa chavalería hedonista y despolitizada no debería dejar de ver.

Salvador Puig Antich fue un joven catalán que, en las postrimerías del franquismo, se pasó a la acción directa y tomó parte en atracos a mano armada al estar convencido de que, además de colaborar a la precipitación del régimen franquista, la vanguardia intelectual de España debería colaborar a traer un estado total y radicalmente nuevo.

Pero los sueños de Salvador no se cumplieron y tras una caótica detención, con muertos de por medio, fue encerrado en la Modelo de Barcelona, juzgado por un Tribunal Militar y, ratificada la sentencia por el Supremo, ejecutado al amanecer del 2 de marzo de 1974, por medio del siniestro garrote vil.

Y todo eso es lo que nos cuenta Manuel Huerga, a través de un estilo ágil y dinámico, pero a la vez, discursivo e inquisitivo. Sin juzgarlos, la película nos cuenta los motivos que llevaron a Salvador a pasarse a la clandestinidad. Sin grandes alardes, pero con gran efectividad, nos muestra los atracos, las detenciones y esas palizas que los grises daban a los jóvenes manifestantes que pedían democracia en las calles. Sin chirriar, asistimos a las historias de amor y desamor de Salvador, con sus novias y con sus familias.

Y, después, la cárcel. Lo que más se está criticando de la película por la blogosfera es que Manuel Huerga ha abusado de elementos melodramáticos para contar toda la parte final de la historia, ajusticiamiento incluido.

Yo sólo diré que, viniendo el viernes pasado de Baeza, Juanma nos comentó a Sacai y a mí que tiene clavado al 2 de marzo del 74 como uno de los días más amargos de su vida, recordando la muerte de Salvador. Sacai no había oído hablar, en absoluto, del final de Puig Antich y, mientras pasábamos por taquilla, me decía que hubiera preferido no saber cómo terminaba la historia antes de ver la película, por aquello de la intriga, el enigma y la sorpresa.

Sin embargo, cuando el patíbulo aparece en pantalla, los ojos comenzaron a inundársele de lágrimas y, mientras el verdugo ajustaba los arreos de muerte al cuello de Salvador antes de hacer girar el tornillo, lloraba a moco tendido.

¿Melodrama?

¡Pues que viva el melodrama que consigue emocionar y transmitir sensaciones al espectador, que le coge un pellizco y le sacude las entrañas, que le hace sentir, pensar, discutir, enfadarse, indignarse e interesarse por los protagonistas de un periodo de nuestra historia que, películas como “Salvador”, rescatan del injusto olvido en que han quedado sumidos!
publicado por Jesus Lens el 20 septiembre, 2006

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