Ray Loriga vuelve a ponerse detrás de la cámara después de diez años para ofrecernos un correcto retrato de nuestra mística más mentada. Retrato que no emociona y tampoco aporta nada nuevo.

★★☆☆☆ Mediocre

Teresa, el cuerpo de Cristo

Teresa, el cuerpo de Cristo no aporta nada nuevo más allá de mostrarnos unas cuantas llagas sangrantes de más y la interpretación carnal (y tampoco tanto como para que la Conferencia Episcopal haya puesto el grito en el cielo –y nunca mejor dicho- como lo ha hecho) del amor, aquí pasión, de la monja Teresa hacia un Dios encarnado en el cuerpo de un Cristo-mancebo. Aviso: quien vaya con intención de ver carne, poco va a ver -si acaso intuir- de la de Paz Vega.

Aún así, el relato de las peripecias de esta atípica monja de cuna, desde que ingresa como arrogante novicia hasta que funda su propio convento bajo la “vieja regla”, no resulta tediosa, incluso es entretenida por momentos. Por lo demás, Loriga nos cuenta que Teresa de Cepeda y Ahumada era una mujer enamorada hasta la muerte de Dios, inteligente, rebelde y luchadora, y que, a parte, tenía visiones y levitaba. Si bien es cierto que esto último es más sorprendente, todas ellas son cosas que ya sabíamos de la retratada. Se echa en falta, por otro lado, su faceta de creadora literaria –por la que el director pasa de puntillas-, no en vano la obra de Santa Teresa se considerada cumbre dentro de la lírica del Siglo de Oro español.

La pistola de mi hermano había sido hasta ahora la única incursión en el mundo del cine por parte del escritor Ray Loriga como director. Como lo otro (como escritor), sin embargo, ha escrito los guiones de El séptimo día (Carlos Saura) y Ausentes (Daniel Calparsoro), y participó en el de Carne Trémula (Pedro Almodóvar). En esta producción de Vicente Gómez también ejerce las funciones de guionista: lo escrito por él mismo, él mismo lo lleva a la pantalla.

Se nota, no obstante, en ese traslado del texto a la imagen la magistral ayuda del director de fotografía José Luis Alcaine, así como el arte de la diseñadora de vestuario Eiko Ishioka, ganadora de un Oscar por Drácula, y el apoyo en la música de Ángel Illarramendi. Quizá sean todos estos elementos los que consiguen que este filme no quede en mediocre, pero tampoco lo eleva, sólo por eso, a la categoría de “una buena película”. En lo que a la fotografía se refiere, la sucesión indiscriminada de composiciones pictóricas de corte prerrafaelista puede llevar al hastío al espectador. Sucesión de cuadros abusiva, adecuada para ver en una pinacoteca, no tanto quizá en un cine.

Paz Vega como Santa Teresa está contenida. Así lo requiere el papel. Pero se le nota. Asistimos a una interpretación contenida sí, forzadamente contenida. Se la adivina poco cómoda en la piel de la mística. El resto de actores que completan el elenco de la película, la mayoría magistrales. Secundarios más o menos habituales de nuestro cine como Álvaro de Luna, José Luís Gómez o Manuel Morón. De ellos se nota que tienen oficio y arte. La parte de secundarias femeninas sale peor parada: Geraldine Chaplin y Leonor Watling, cada una haciendo de Geraldine Chaplin y Leonor Watling, respectivamente.

Como colofón, no me resisto a reseñar dos frases de la película que se refieren a la propia Santa Teresa: “Endemoniada no, sino toda engolfada de Dios”, dicho por ella misma, y “está subida de oración”, comentado por el siempre magistral Eusebio Poncela (qué pena que su papel sea tan breve).
publicado por Elena Puche el 7 marzo, 2007

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