Gomorra

Henry Hill, el Ray Liotta de Uno de los nuestros de Martin Scorsese decía orgulloso al comienzo de su carrera de delincuencia “que yo recuerde, desde que tuve uso de razón, siempre quise ser un gángster”.

Lo que venía a decir Scorsese – y le diferencia del resto – como también dijo en Malas calles, Taxi driver, Toro salvaje o Casino es que “uno es lo que ve” y en consecuencia el cine debía ser reflejo de lo vivido, un cuento de realidad palpada. Así de tajante y sencillo. Los genios y los honestos lo ven claro, son los mediocres los que lo complican por falta de talento.

De estas películas sublimes de mafia mamada nacieron héroes con brillantina que lucían por su presencia, carisma y palabrería; personajes deleznables que, empatía en mano, cuelgan de nuestras paredes y que amamos más cuantas más veces aprietan su gatillo. Alégrame el día que diría Harry el sucio.

Jamás tendríamos un póster de los personajes de Gomorra la película de Matteo Garrone porque no hay adoración ni heroicidad, ni bodas ni padrinos en los escombros. No hay identificación con los héroes pero sí con una realidad y una sensación que en todas partes existe: la inmundicia y la impotencia.

Gomorra cuenta las penurias de cinco personajes que deambulan entre la Camorra napolitana prisioneros de la tragedia que les ha deparado el destino.

Es la vuelta del Neorrealismo que nunca se fue por fortuna, de filmar la realidad de Nápoles repudiando platós y actores de estatuilla – un mafioso de la Camorra participó en la película -, concediendo al espacio fílmico un papel protagonista para entender el infierno – lo hizo Saura en Los golfos o Angelino Fonts en La Busca – donde la mugre y la mediocridad se mueven a sus anchas convirtiendo el lugar – los descampados, los huertos y tierras, las chabolas, las playas y sobretodo los gigantescos y austeros edificios piramidales de eternos grises donde habitan – en cárceles sin rejas, en submundos manchados de los que no se puede escapar.

Matteo Garrone es maestro en el juego macabro de asociación de ideas. En una de las tramas un mafiosillo de tres al cuarto – porque la mafia allí no se mueve por familias sino por impulsos vitales – se gana los cuartos aceptando enterrar toda la basura generada en el mundo de postín en las tierras de hacendados muertos de hambre. Los hombres se sienten de basura hasta el cuello. Y cuando se muestra Venecia en toda su hermosura, la contraposición se vuelve tragedia. Se entiende la inmundicia y se entiende el infierno.

Pero el infierno no sólo debe ser infierno sino parecerlo, por lo que se convierte en un bucle, en una suerte de herencia que no se puede rechazar. Es la vida a la que están acostumbrados, no hay salvación porque ni siquiera saben que tienen que ser salvados. Se entiende la impotencia.

Y en el infierno, los hombres de gris deben subsistir en un submundo que se mueve por su propia moral que da lógica al asesinato, a la traición, a la hipocresía, a la idiotez, a la candidez y la ingenuidad, al miedo, a la osadía, a los sueños y deseos y sobretodo a esa impotencia que se grita en silencio en cada mirada, en cada asentimiento y en cada negación.

No hay concesiones al amor, la felicidad consiste en disparar un kalashnikov a orillas del mediterráneo, sentirse artista escondido en el maletero de un coche o alcanzando la hombría al acariciar la marca de una bala en el pecho.

Es la evolución de los hombres grises: ya no les preocupa el tiempo… porque no lo hay.
publicado por Francisco Menchón el 25 noviembre, 2008

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