Cine descomunal. Cine del tamaño del miedo a ver cine que se queda pegado en el alma y del que difíclmente sale uno sin un pequeño boquete que sirve, entre otras cosas, para saber qué hay en el mundo y de qué forma puede ser contado…

★★★★☆ Muy Buena

Gomorra

Los bajos fondos han nutrido infinitad de obras maestras del cine. El sobado argumento de que la realidad supera a la ficción tiene en Gomorra un puntal incontestable. No hay en esta primeriza e hiriente película una sola línea narrativa que convierta su discurso en uno digerible, en uno de esos que imaginamos confeccionado en algún despacho de multinacional golosa de méritos y galones mediáticos. No hay aquí impostura que rebaje la sensación de asco moral que los valientes obreros de esta pequeña obra maestra nos regalan en tiempos de crisis y justo cuando la saga Bond paraliza la cartelera y pone a funcionar la formidable (en todos los sentidos) maquinaria de hacer dinero.
Gomorra es un atípico film de gángsters en el que el esmero se ha puesto en filmar de un modo casi artesanal, lindando el naturalismo, concediendo una justificada primacía a lo coral, aunque haya historias menudas (la del sastre, la de las mujeres de los capos) que pueden inducirnos a pensar que la línea narrativa está concebida de forma clásica y va a concedernos un final cerrado. Todo aquí está forjado a sangre y toda la caligrafía del horror al que asistimos es torpe y casi no concede arabesco formal alguno. El fascinante mundo de vengadores y vengados, de comprados y de vendidos, de gente vulgar del hampa arrabalera que trapichea sin conciencia de estar delinquiendo conforma un cosmos tan arrebatador que el espectador (por fuerza) sigue lo contado como si asistiera a un documental parcialente novelado o como si de pronto a Tarantino se le hubiera ocurrido reconvertir sus vicios de adicto a la serie B y al noir impecable de la filmografía clásica en crudos (hasta el desmayo) clips de denuncia.
Que Roberto Saviano sea un avisado, un fantasma, un hombre ya casi irremisiblemente marcado por la osadía de manuscribir la intrahistoria de los camorristas de barrio y explicar al mundo qué de cierto hay en los tópicos vendidos por el stablishment y hasta qué punto algunos de ellos son frívolos puestos a compararlos con la pestilente realidad que él ha vivido, da idea del alcance extracinematográfico de Gomorra. De hecho, uno acude al cine con la secreta esperanza de observar en dónde está el asalto a los cánones, qué hace Saviano y qué hace Mateo Garrone (el abnegado director) para que se haya levantado el inframundo de las pistoleros y hayan puesto precio a sus cabezas. Los propios desventurados a los que ingenuamente nos agarramos cuando arranca el film, los adolescentes ajenos al riesgo y desafiantes de la autoridad, son sacrificados, aunque ellos se crean actores de Hollywood y prefiguren (en su infantil lógica delictiva) que están ejecutando algún infalible plan en el que la muerte no les toca ni los conmueve.Llegados a este punto, los artífices de esta peculiar travesía por la desglamurizada épica de estos paladínes del crimen someten al espectador a un interesante juego de vaciado bibliográfico: les invita a contemplar la miseria cuando la miseria ha sido despojada de toda compasión o de todo interés estético. El mérito de Gomorra se sostiene en el delirante (y terreno y también creíble) retrato del mal, pero estamos ante la visión más costumbrista y desnuda que se hecho sobre la capacidad del ser humano de contravenir la moral y asumir que el crimen siempre compensa, aunque al final te descerrajen un tiro en la nuca.Las cinco historias que maneja Garrone no fluyen hacia un final unívoco. Lejos de fomentar el ya cansino cine coral de intenciones sociales que, al final, se aviene al dictado más academicista de la narratología clásica, lo que hace el director es mostrar ásperamente lo que cierta parte de la vida napolitana tiene de infernal. De hecho, hubo una parte del film en la que acepté de buen grado que los personajes que alegremente acometen sus fechorías y destruyen toda posibilidad de bondad en sus almas son en realidad fantasmas, una especie de zombies, muertos que caminan y que se embarcan en negocios lucrativos y en movidas hagiográficos del tipo yo soy aquí el que manda y me recordarán para siempre.Siniestra, tenebrosa, sútil por tramos, infatigablemente cruda, Gomorra deja un bocado en el alma (otra vez el alma, qué condena) del que solamente podemos salir sin daño con la infinita capacidad de sufrimiento y de anestesia moral que el cine ha ido inoculando en nuestra maraño neuronal, ésa que sabe que al salir de la sala va a estar tocada unos minutos, tal vez un día o un par de ellos a lo sumo, pero que olvidará el desagüe sentimental, la honda brecha que lo visto ha hecho en el ojo. Agrada también el amateurismo, esa limpia concepción de los materiales traídos para contar una historia que, vista transatlánticamente, entiéndaseme bien, podría haber deparado un film de altura, pero que al estar en Italia y desde las tripas de la bestia se consume con mayor entusiasmo. Vayan a verla. Hay después, en otras salas, pildoritas de evasión perfectas para compensar el estropicio.
Lo mejor: Su tono sobrio, áspero, crudo...
Lo peor: Que a veces es fría en exceso, distante...
publicado por Emilio Calvo de Mora el 22 noviembre, 2008

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