Aquellos que vayan esperado cine de licántropos harán mejor quedándose en casa que tragándose esta edulcorada historia de amor inter-especies.

★★☆☆☆ Mediocre

La marca del lobo

Vivian vive en Bucarest, trabaja en una tienda de chocolates y entre sus aficiones está practicar de vez en cuando el “parkour”. También tiene una gran familia extendida que gusta de decirle constantemente qué hacer y qué no hacer. Una noche, tras pelearse con ellos por enésima vez, conoce a un joven americano dibujante de cómics (perdón, “novela gráfica”) y poco tarda en enamorarse de él. El problema es que el chico en cuestión, Aiden, es humano, y Vivian es una “loup-garou”, una mujer-lobo perteneciente a una raza que ha estado rondando por el mundo los últimos cinco mil años. Como es de esperarse, la cosa trae problemas cuando los congéneres de Vivian deciden poner fin a este romance tan sui generis, ya que la chica no parece sentar cabeza (como si el hecho de prendarse de un dibujante de cómics no asegurase por sí solo un conflicto familiar a gran escala).

Esta, a grandes trazos, es la trama de Blood and Chocolate (2007), una película que ha sido titulada en España con el dudoso título de La marca del lobo, añadiendo más a la confusión que se presta en cuanto a género, ya que no estamos hablando realmente de una película de terror, por mucho que en ella aparezcan licántropos ansiosos por hincar sus dientes en carne humana. Al igual que en la novela en que se basa, nos encontramos aquí ante una película de fantasía dirigida explícitamente al sector adolescente femenino y que tenderá a alienar a cualquier otro tipo de expectador. Y es que si encima añadimos que tras esta película están los mismos productores responsables de Underworld (2003), está más que claro que aqui no pinta nada quien no pertenezca a la comunidad EMO. En cuanto a las semejanzas con la novela (que no he leido), estas son al parecer nulas, lo cual no viene al caso de momento.

La marca del lobo es, sin embargo, una película difícil de reseñar, ya que es completamente prescindible. Todo en ella promete una serie interminable de clichés, desde esa fotografía de los edificios más emblemáticos de Bucarest (que podría pasar por un folleto turístico de la capital rumana) hasta las peripecias amorosas de un Romeo y Julieta con licántropos de por medio. Los hombres-lobo, por cierto, no se muestran como monstruos bípedos, sino como seres humanos que se transforman literalmente en lobos en medio de un destello de luz mística. Al principio, la historia no los pinta nada mal, mostrándolos incluso como seres que imparten una cierta justicia social en el bajo mundo de la ciudad, todo gobernado por su líder Gabriel (un Olivier Martínez poniendo el acento más chungo de lo que va de año). La parejita protagonista no termina de cuajar jamás, si bien Agnes Bruckner sale aquí mucho más guapa que como la colegiala de El bosque maldito (2006). Su compañero de reparto, Hugh Dancy, por el contrario, es soso hasta el punto de que podría ser calificado como el Orlando Bloom de los pobres. Los lobos jamás se sienten como seres amenazantes, y durante el tramo final el protagonista masculino adquiere unas inexplicabes dotes de héroe de acción que ciertamente no le favorecen.

Entre las escasas virtudes que podemos encontrar está que, dentro de todo, la película se hace pasable y más llevadera de lo que cabría esperar. Va a lo que va y en ningún momento intenta pasar por lo que no es (exceptuando, claro, la publicidad que de ella hizo el estudio). Aquellos que vayan con las expectativas muy bajas podrían incluso disfrutarla y dejar pasar esos bochornosos momentos de video-clip en los que la historia nos monta una transición musical con el único objetivo de hacer avanzar la trama. Todo en esta película es tan light y tan olvidable que resulta difícil cebarse con ella, y mucho menos después de haber regresado de vacaciones. Aquellos que vayan esperado cine de licántropos harán mejor quedándose en casa que tragándose esta edulcorada historia de amor inter-especies.

Como nota final solamente puedo agregar una cosa: ser miembro de una raza milenaria de poderosas criaturas antropófagas y aún así recibir una paliza de un dibujante de cómics metrosexual debe ser una de las experiencias más lamentables en la vida de cualquier licántropo que se respete.
publicado por Hombre Lobo el 11 junio, 2007

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