Lo nuevo de Brad Anderson cambia factorías, olores industriales y tintes psicofantásticos por la amplitud de la estepa soviética. Y, para instalarse cómodamente en terrenos de homenaje al género clásico de suspense, sitúa la acción en el tren del título y nos mina el ánimo de recursos previsibles,
Hay que decir que el clima se consigue, se mastican los códigos del thriller pasado por nieve
Tampoco veo originalidad en la crónica de una catarsis en la pareja americana en crisis -de intereses, como todas las crisis-. Pero tiene su gracia que sea la nueva Rusia, ese siniestro terreno abonado con la simiente de un pasado en sombras, el escenario que acoja huidas y recelos, narcotráfico y turismo, en unión desoladora. Los clásicos -su dibujo del miedo, de los más primarios instintos- quedan honrados a pellizcos de buen oficio.
Lo mejor
Emily Mortimer. La mecánica del suspense consigue enganchar. Su aroma a pequeña obra revisionista de grandes clásicos.
Lo peor
Ciertas complacencias de guión, que lo desvían a terrenos muy comerciales.



















