El motorista fantasma sigue al dedillo este guión y, para su argumento, ha preferido tomar ideas de los cómics recientes de este personaje, desarrollados en ambientes urbanos, y desechar (menos en un tímido guiño de la película) las primeras —y mejores— historietas recreadas en áridos y solitarios desiertos. Todo el juego que este personaje podía ofrecer por la ambivalencia que se da entre el motorista acróbata Johnny Blaze y el ente diabólico que de él se apodera, un sicario de Mefistófeles, se va al traste por impericia del guionista o por esa necesidad comercial de crear un filme para un público de todas las edades; apostaría sin dudarlo a que esta adaptaciones-molde responden más a esta última causa.
Desde la propia elección del reparto, ya se advierte un tufillo poco osado en este nuevo ‘mainstream-comiquero’. Nicolas Cage, que perdía el culo por hincarle el diente a un superhéroe, vuelve a estar pasado de rosca y con la gestualidad propia de un yonqui. Peter Fonda, perdido en la marabunta de ‘tv-movies’ norteamericanas, retorna al universo hollywoodiense para hacer de Mefistófeles. El hijo rebelde de American Beauty, Wes Bentley, que también andaba un pelín desaparecido, hace de malo como hijo del Diablo. Y la voluptuosa Eva Mendes (una mujer para quitar el hipo) asume obedientemente el protocolario papel de bella novia del héroe de marras.
Así, al final uno sale empachado de tanto truquito visual generado por ordenador y sin haber encontrado atisbo alguno de épica u emoción en una cinta que, precisamente, debería ofrecer ambas cualidades a raudales. Esto del ‘cine-cómic’ me empieza a aburrir.
Lo mejor: Alguna secuencia con efectos digitales, como el cabalgar del motorista por la pared de un rascacielos.
Lo peor: Que vuelve a ser una adaptación de cómic con más de lo mismo: personaje sin sus superpoderes, trauma por el que le son otorgados los mismos y héroe que ajusticia a sus antagonistas y combate el mal.
