Opinión · Nº 83004 · 02-05-2026
Crítica de

Suite francesa

Una frase, en el arranque de la cinta, resume la película: “si quieres conocer bien a alguien espera que llegue la guerra”.

Sabemos que el ser humano es más duro de lo que imaginamos, que aguanta lo indecible el daño físico y mental hasta el desmayo o la locura. Pero lo que desconocemos es de lo que somos capaces de hacer bajo la presión de una amenaza latente de muerte en tiempos de guerra; de los actos que llevaríamos a cabo para aportar nuestro granito de arena a la causa o, por el contrario, de lo que no haríamos con tal de sobrevivir. Saul Dibb nos da su opinión camuflada con una trama de amor en la Francia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial:

La película narra la historia de Lucile (Michelle Williams) y Bruno (Matthias Schoenaerts), francesa y alemán, respectivamente, enamorados el uno del otro desde que la primera aloja, por obligación, al segundo en su casa. En realidad, la vivienda es propiedad de madame Angelier, la suegra de Lucile (Kristin Scott Thomas), una mujer estirada que, en palabras de Bruno, da más miedo que los propios invasores. Madame Angelier sospecha que su nuera se ha casado por el dinero de su hijo, ahora prisionero de los alemanes. Con la llegada del teniente Bruno las cosas se complican aún más entre ellas: la suegra odia a Bruno como a todos los nazis, mientras que Lucile vive su particular historia de amor a través de la música que Bruno y ella practican. La trama pronto traspasa la frontera del chalé cuando Bruno es el encargado de leer todas las denuncias anónimas que los alemanes han recibido desde la ocupación.
Una frase, en el arranque de la cinta, resume la película: “si quieres conocer bien a alguien espera que llegue la guerra”. En efecto, todos y cada uno de los personajes sufren un cambio a partir de la llegada de los alemanes. Desde el alcalde y su mujer, los caciques del pueblo, hasta Benoit, un pobre agricultor lisiado, todos dejan ver sus mezquindades y envidias y aprovechan la coyuntura para saldar viejas cuentas.

Tampoco se salvan de la evolución la propia Lucile, el teniente Bruno y madame Angelier cuando un suceso implica a todos los habitantes de la villa, y deja ver la cruel actitud de los nazis. Implicarse en la resistencia contra los alemanes, vivir como si no pasara nada o colaborar con ellos, son las tres opciones a elegir. Algunos no tienen alternativa, otros hacen la vista gorda y muchos, generalmente los pobres, no tienen nada que perder; sólo la vida.
Dos, por tanto, son los temas que aborda el filme de Saul Dibb: el entendimiento de una pareja enfrentada por un conflicto, pero reconciliada a través del amor —y de la música—, una historia romántica que deja caer la oportuna metáfora de las buenas relaciones actuales entre el pueblo francés y el alemán gracias a la Unión Europea; y la revelación del verdadero carácter de las personas, oculto tras una vida aparentemente pacífica, cuando la guerra sacude los cuerpos y las almas de todos.

Con una correcta interpretación, en especial la de Kristin Scott Thomas que acapara la atención del espectador cuando sale en pantalla, y con una música excelente, transcurre esta novela autobiográfica de la escritora judía Irene Nemirovsky. Autora que no sobrevivió a la guerra, pero sí su manuscrito que ahora cobra vida en las salas de cine.

Lo mejor
la música, la interpretación de Kristin Scott Thomas.
Lo peor
Nada que reseñar.

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