El Monte Carmelo es la base donde se ha construido gran parte de la ciudad costera de Haifa. Sus barrios en capas, en altura, y los intrincados escalones que unen en interminables cuestas dichas calles, son el escenario de la buena película del cineasta judío, Elad Kaidan:
Uri y Moshen son dos vecinos de Haifa a los que les separa una generación, pero que tiene en común una frustrante vida laboral y una no menos complicada situación amorosa. Mientras el primero acaba de romper con su pareja, y quiere desertar del ejército para embarcarse en un mercante y dedicarse a escribir, el segundo comienza a salir de una depresión causada por su trabajo cuando sospecha que su mujer lo engaña. Uri baja el monte con dirección al puerto, a su libertad, al tiempo que Moshen lo sube para buscar el pendiente que acaba de perder su mujer. Ambos se cruzarán en el camino, se encontrarán en las largas escalinatas, como lo harán con otros personajes que irán definiendo poco a poco el carácter de los protagonistas.
Con la simbología de partida de la escalera, como si fuera el río de la vida -no sólo en el aspecto lineal sino también en las subidas y bajadas de ánimo-, el director israelí le da un repaso a la existencia humana amparándose en relaciones concretas entre personajes cuyas vidas se encuentran en permanente evolución. Lo hace sin dejar de lado la coyuntura de un país en guerra, y ofreciendo su visión particular de la ciudad que le vio nacer y de las personas que allí viven; la mayoría desencantadas.
Para ello, Kaidan gestiona, con buen criterio, todos y cada uno de los recursos audiovisuales disponibles. A destacar una música envolvente; una bella panorámica de la ciudad contrastada con planos detalles como el de un vaso de plástico que rueda sobre sí mismo en las escaleras mecánicas, como si fuera un zoótropo de museo; y unos bien construidos diálogos (“lo que sale de la boca nunca vuelve, como las palabras o los dientes”). Todo ayuda para remar en una u otra dirección. Para avanzar o retroceder, para subir o a bajar por la escalera de la vida.
Nos preocupa el pesimismo de la cinta, la no solución de un mundo que el director parece que quiere ver desde fuera. Da la impresión de que su punto de vista (el de los créditos, el uso continuo del teleobjetivo) es el de alguien que ha conseguido salir de allí, pero al que la nostalgia le pide echar un último vistazo. Una mirada que comparte con el público a través de su cámara.







