Si hay algo que agradezco a los organizadores de las ceremonias de los Goya -y a los de los Óscar también- es la costumbre adquirida hace ya algún tiempo por la que solemos aprovechar las citadas galas para ver, precisamente, cine. Elegimos para la ocasión alguna película que teníamos pendiente y, desde luego, siempre nos alegramos al acabar nuestra proyección privada de no haber perdido el tiempo con ese espectáculo de autobombo por parte de un grupo de privilegiados que se creen que su profesión es la más importante del mundo.
Le Fils es la cinta elegida y es que ya hace tiempo que queríamos volver a hincarle el diente a la filmografía de los muy premiados hermanos Dardenne. No nos han defraudado los cineastas belgas en esta, una de sus películas menos conocidas (y eso que se llevaron un par de premios en Cannes), pero para nosotros una de las más conseguidas.
Al parecer el guión se basa en un caso real sucedido en Inglaterra en la década de los noventa: Olivier (Olivier Gourmet, actor en quien pensaron los Dardenne cuando escribieron el libreto) es un carpintero que enseña el oficio a jóvenes desarraigados que viven en situación de exclusión social. Un día le proponen que admita en su grupo a un adolescente recién salido de la cárcel. La sorpresa es total cuando Olivier comprueba que el joven es el culpable de la muerte de su hijo.
Una historia social con un alto grado de suspense y tensión es, por tanto, lo que nos proponen los Dardenne. Lo hacen desde un cine moderno y original que, si tenemos en cuenta posteriores obras de cineastas del continente en distintos festivales, cada vez se va identificando más con lo que parece ser las bases del cine europeo de autor en lo que llevamos de siglo XXI.
Dos son las principales novedades en este tipo de cine donde El Hijo puede ser hasta un paradigma: la primera es presentar un thriller disfrazado de drama social. Los realizadores huyen de los tópicos de los filmes de género cuando utilizan el realismo casi documental, pero lo hacen con una sutileza tan estudiada que logra que la trama no pierda la tensión ni el interés hasta el final. Así, la minuciosidad en las secuencias cotidianas, que recuerdan al cine de Bresson, van cargando la batería de la incertidumbre por la resolución de la trama; en el mismo sentido, el trabajo con los actores es fundamental: la desdramatización y los saltos en el registro son el aparejo que utilizan los Dardenne para conseguir el efecto de suspense, de tal forma que nunca sabemos cuando va a estallar el conflicto entre los personajes.
Otra novedad es el manejo de la cámara subjetiva o casi subjetiva. No me refiero a la acción de usar puntualmente esta forma de filmar (herramienta muy utilizada en películas de terror, por ejemplo), sino al hecho de emplearla de manera habitual; siempre. Los Dardenne no sólo quieren representar en la gran pantalla una historia intimista desde el punto de vista del protagonista, sino que aspiran a hacerlo desde dentro de él. En realidad quieren expresar en todo momento la lucha interior que sufre el carpintero cuando se debate entre la venganza y el perdón; entre la ira y la comprensión.
Los directores únicamente abandonan el plano secuencia subjetivo cuando quieren subrayar la acción, cuando ésta lo requiere porque la actividad de Olivier, o su interacción con otro personaje, es importante. Es decir, los Dardenne hacen todo lo contrario a lo que sería lo lógico dentro de un cine más convencional; algo que, sin duda, es parte del atractivo de la cinta. Aquí, el supuesto alarde técnico del plano secuencia tiene su porqué y no se vuelve gratuito como en otras cintas (y sí, nos estamos refiriendo a la última reseña publicada en el blog).
El Hijo es, por consiguiente, un nuevo modo de hacer cine independiente. Algunos lo tacharán de cine para festivales, o de película “lenta” apta sólo para cinéfilos. A esos espectadores reacios les invitamos a que se sumerjan poco a poco en la cinta; a que se dejen llevar. Enseguida verán que se trata de un largometraje con la misma o mayor dosis de suspense que las de algunas películas comerciales, pero con el interés de estar contada desde el plano más creíble del cine realista, lo que le dota de una inquietud añadida.







