Puente Varsovia tiene que ser vista antes de leer comentarios desveladores sobre ella, pues su gran qué es la gran fuerza visual que contiene, que te lleva, o no (todo depende de la incursión del espectador), a su mundo interior, a ese salto al vacío

★★★★★ Excelente

Puente de Varsovia

Puente de Varsovia no es, ni pretende ser, una película basada en un argumento clave. Ni una aproximación al interior de sus personajes (sus temores, sus preocupaciones, sus pensamientos), ni tampoco un documental. Se trata, como toda obra de Portabella, de una reflexión, ya sea de la nueva clase social intelectual o (muy abstractamente) de la política europea tras la caída del Muro de Berlín. Y esto, todo esto, al cineasta le sirve como punto de partida, o como telón de fondo (al igual que esa extrañísima anécdota como punto de partida del escafandrista muerto en el bosque) para orquestar toda una sucesión de imágenes que se mueven ágilmente durante todo el metraje gracias a un ritmo únicamente conseguido por su mayor virtud: el tener toda este cúmulo de imágenes visualizadas en la mente antes de ser llevadas a cabo. Como comprenderéis, esto no es fácil, pero si se sabe cómo manejarlo, pueden salir resultados tan logrados, personales y complejos como este Puente de Varsovia.

Su introducción no podría ser menos perfecta: un recorrido histórico a través de los edificios de lo que parece ser Barcelona, un recorrido arquitectónico que sirve como excusa para proporcionar al espectador de la idea general de la película. Pero la cosa sigue. Hasta unos tardíos títulos de crédito Portabella maneja con una habilidad abismal una serie de situaciones que son, nada más y nada menos, que una anticipación a lo que ocurrirá, nada explícito, sin embargo. Una autopsia puramente descriptiva, completamente objetiva, poco servible; una celebración social con diálogos irónicos y gags memorables; el típico tópico triángulo amoroso formado, eso sí, por tres vértices opuestos; y muchas secuencias más que no dejan de asombrar, inquietar y dejar al espectador ambiguo. Entonces, viene un salto al vacío, otro recorrido esta vez meramente visual, de un contenido que en estos momentos no puedo descifrar, junto a unos rojos títulos de crédito que parecen más finales que iniciales. Algo realmente inusual, algo que da una personalidad única tanto a su creador como a la creación. Luego, después de este relajante paseo por un paisaje acuático, llega la otra mitad, que sin duda alguna es una simple continuación, o desglosamiento, de a lo que habíamos asistido en un principio. Tristán e Isolda cantando en un mercado del pescado; una escena alucinógena en un metro; comparaciones entre las nuevas tecnologías y lo clásico; etcétera, etcétera, etcétera.

Puente Varsovia tiene que ser vista antes de leer comentarios desveladores sobre ella, pues su gran qué es la gran fuerza visual que contiene, que te lleva, o no (todo depende de la incursión del espectador), a su mundo interior, a ese salto al vacío tan intenso. Uno ha de dejarse llevar por la corriente y visualizar y asimilar todo lo que pase por sus ojos. Ésta no es una película, ni mucho menos, cuyo final se sepa anticipadamente (ni su desarrollo); es, ante todo, un juego magistral de intriga: nunca sabes lo que ocurrirá en la siguiente secuencia. Destacar, por último, que, en mi humilde opinión, el cine de Portabella (igual que el de otros cineastas que rompen con las formas de lenguaje tradicional) es el más moderno de todos, debido a su gran innovación, a su fuerte ruptura contra lo visto un millón de veces, a sus viajes personales que los definen tan claramente como cineastas y no cinéfilos (de ahí que no se pueden encontrar clichés en todas sus obras, en todo caso críticas o reflexiones). No por eso son extraños; son, en cierto modo, superdotados, o si quieren diferentes o innovadores.  

Pues ante toda esta palabrería, yo de vosotros me acercaría a esta brillante, compleja, estimulante y radical propuesta cinematográfica, Puente de Varsovia, cuyo título no proporciona ni una pizca del contenido de la película. Y es que personalidades como Pere Portabella no pueden olvidarse así como así; creo yo que existe una renovación en el mundo del cine que sin embargo no está siendo vista como es debida. 

publicado por Ramón Balcells el 19 julio, 2008

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