XXY es de esos filmes generadores de debates sociológicos. Nada peor para XXY que asumir la “importancia” de su función en ese debate, lo que la lleva de inmediato al cenagoso terreno de la gravedad y la solemnidad.

★★★☆☆ Buena

XXY

Ópera prima de hija de famoso director, premiada en diversos festivales, seleccionada para representar a Argentina en los Oscar, todos estos elementos han convertido a XXY en la película argentina más “importante” de 2007. Si el término importante le calza como anillo al dedo a esta película, es por ser de esas películas que “hablan”. XXY no vocifera, no declama, solo habla. Y de lo que habla es de la sexualidad, de la (de nuevo) importancia de elegir con libertad, de la normalidad y la excepción. La película, sin ingenuidad ni facilismos, centra su atención en estos temas importantes, haciendo pasar todo a través de esa vara. La dirección, a cargo de Lucía Puenzo, muestra varios aciertos en la puesta en escena, y un cierto dejo de pretensión moderna, mezclado naturalmente con el polémico enfoque de la película. Sin embargo, más allá de los aciertos, es su propio punto de vista el que hace trastabillar a la película.

El sexo, como es de esperarse, aparece a la par de la sexualidad, expuesto de un modo tan radical como el tema principal, particularmente en la escena de sexo en la que Alex (la joven de ambos sexos), penetra a Álvaro. Tanto Puenzo como los actores se encargan de manejar la escena de la manera más pertinente, para no caer en lo bizarro (elemento habitual en las obras de Sergio Bizzio, autor del cuento original). El resultado es un sexo atenuado, teñido por dos capas, la puesta moderna (cámara en mano, por ejemplo), y el apego a la gravedad, la solemnidad, y la “importancia”, elementos que revisten y afectan al tema y, consecuentemente, a la película. El sexo aquí es un elemento trabajado con la misma frialdad con la que la ciencia puede hablar de las personas que padecen lo que Alex, la misma anemia de la que padece todo el relato, sin la energía de la sexualidad femenina adolescente que el genio de Lucrecia Martel sabe plasmar como nadie. Las actuaciones, a su vez, se ven afectadas por el mismo tono. Darín y Bertuccelli no se han encontrado aquí con sus mejores papeles (y juntos no parecen hacer mucho esfuerzo por interpretar una pareja creíble), y tampoco Palacios o Peleritti hacen mucho por justificar su participación en la película. Solo el talento de Martín Piroyansky y, sobre todo, el de Inés Efron, consiguen despegarse del mal que afecta a la trama.

La historia gira completamente en torno a la conflictiva personalidad de Alex, y con ello Inés Efron logra hacer que la película gire en torno a ella, a su magnetismo, calidez y misterio, que contrastan notablemente con todo su entorno. Uno se adentra tanto en las imprevisibles aristas de Alex y la sanguínea interpretación de Efron, al punto de lamentar profundamente que se haya entregado a la escena de humillación, la peor, la más innecesaria de todas las escenas de la película. XXY es de esos filmes generadores de debates sociológicos, cuyo problema radica en la manera como la producción impulsa y programa desde su génesis ese debate, nada peor para XXY que asumir la “importancia” de su función en ese debate, lo que la lleva de inmediato al cenagoso terreno de la gravedad y la solemnidad, dos enfermedades características del Nuevo Cine Argentino.

publicado por Leo A.Senderovsky el 24 junio, 2008

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