Crítica de

Nunca es tarde para enamorarse

Historia de segundas oportunidades.
Cartel de la película Nunca es tarde para enamorarse (2009) de Joel Hopkins

Historia de segundas oportunidades. Harvey Shine (Dustin Hoffman) viaja desde Estados Unidos a Londres para asistir a la boda de su única hija. En la ceremonia se siente como un invitado de piedra ya que está separado de su mujer y ella se ha ganado el cariño de su hija con su nueva pareja. Harvey es el invitado que sobra y lo tiene tan claro que intenta mantenerse al margen.

La última oportunidad de Harvey, título original y no la tontería de título con el que se le ha bautizado en español, no es otra que reciclarse como padre, como trabajador y también como enamorado. La tercera parte de esa frase viene porque conoce a una inglesa (Emma Thompson) que sigue soltera y cada vez más convencida de que "se le ha pasado el arroz". Los dos veteranos interpretes ofrecen una bonita historia que aunque es bastante del gusto norteamericano, con bodas, discursos y familias rotas; mantiene el tono sin caer en las típicas ñoñerías de las comedias románticas. Esa es su mayor virtud, estar hecha con inteligencia y sin buscar impactar al espectador. Una pena que entre la pareja no se vea un poquito (¡solamente un poquito!) de pasión, porque más bien parece que se juntan por hacerlo y no se aprecia que se deseen lo más mínimo. En toda la película se dan un casto beso y con eso nos quedaremos convencidos de que se aman. ¡Serán cosas de la edad!


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