Que nadie me entienda mal; «El tigre y la nieve» me gustó. Una historia de amor enternecedora, en el marco brutal de una guerra, y una película bastante entretenida. Pero es más de lo mismo, y con peores resultados. El campo de concentración de «La vida es bella» pasa a ser un hospital irakí, el cariño hacia un hijo se convierte en amor hacia una mujer, y el humor y la esperanza como arma ante una situación durísima se repiten en las dos películas. Además, Roberto Benigni es como Woody Allen: interpreta siempre el mismo personaje
-y me gusta Woody Allen, pero eso es algo que no se puede negar-. Si, como en este caso, la película también es similar, el resultado resulta decepcionante.
Los pocos que no hayan visto «La vida es bella» encontrarán una película preciosa, que mezcla humor y tragedia con habilidad. Los que sí que la hayan visto, es posible que, como yo, piensen que esta vez no ha tratado con tanta sensibilidad un tema tan delicado -y actual-, que el guión no está tan bien resuelto, que el italiano histriónico ya resulta cargante y que, además, el final carece de fuerza, es precipitado y desaprovecha la tensión creada.
En cualquier caso, aunque no crea que sea brillante, sí que me parece una buena opción para el que quiera ver algo interesante en el cine.









