Se trata de una comedia coral, muy del estilo de Robert Altman y se sitúa entre sus mejores trabajos: una directora de teatro local no sólo maneja las actuaciones de sus subordinados en las tablas (un policía, un abogado, su hermana retrasada y casi todos los del pueblo), sino que también quiere hacerlo en la vida real; y no duda en encubrir un suicidio poco conveniente, para que parezca un asesinato. La caricatura de Altman se acerca al surrealismo cuando en el pueblo todos se conocen tan bien que la cárcel permanece abierta, la gente entra y sale, se inculpa o no, dependiendo de las circunstancias. Hasta hacen el amor allí si surge la ocasión.
Una sorpresa: la actuación de la legendaria Patricia Neal (recuérdese, por ejemplo, El manantial de King Vidor, 1949) como la anciana Cookie que añora la vida que llevaba con su difunto marido y se quita la vida para reunirse con él, no sin antes dejar un testamento tan insólito que causa toda la trama posterior.
Lo mejor
Las secuencias en la cárcel.
Lo peor
Nada que reseñar






