Crítica de

La dama blanca (Reina de espadas)

Narra la historia de un hombre obsesionado por la leyenda de la mujer que vendió su alma al diablo.
La dama de picas.

Si hablamos de Luz que agoniza, o de Luz de gas, como prefieran, enseguida nos viene a la mente la excelente película de George Cukor (1944), con papeles inolvidables para Ingrid Bergman y Charles Boyer. Sin embargo, cuatro años antes, se realizó Gaslight, la primera versión para la gran pantalla de la obra de teatro homónima de Patrick Hamilton. Una cinta tan buena como la de Cukor, a cargo de un director británico en absoluto desdeñable: Thorold Dickinson.

Precisamente, de Dickinson vamos a comentar hoy un interesante filme que dirigió en los años de la posguerra. Un realizador con gran habilidad para contar historias de misterio e intriga, que se nos antoja muy en la línea del cine británico formal tan caro a Alfred Hitchcock o a Carol Reed. De hecho, el largometraje que nos atañe bien podría haberlo firmado cualquiera de ellos.

El guion de La dama de picas, basado en el relato corto de Alexander Pushkin, narra la historia de un hombre obsesionado por la leyenda de la mujer que vendió su alma al diablo. La lady en cuestión ansiaba conocer el secreto de los tres naipes que proporcionan la fortuna en el juego.

Para conseguir el objetivo de hablar con aquella mujer condenada (ahora ya una anciana), el protagonista no duda en seducir a la sobrina que vive con ella. Esa, y no otra, es la verdadera víctima del drama: la joven que piensa que sus días de soledad han terminado y finalmente alguien se ha enamorado de ella.

Un libreto muy atractivo, con un excelente decorado de Oliver Meseel, que se podría encasillar dentro del melodrama gótico o del cine fantástico. Incluso del cine de terror, si nos atenemos al último tercio de la película y a la actuación de Anton Walbrook. La presencia siempre inquietante del actor austríaco hace que la cinta gane en interés ––ya colaboró con Dickinson en Gaslight, con excelentes resultados––. En La dama de picas, el personaje que encarna Walbrook se siente casi más atraído por el poder que da el hecho de hacer un trato con Satanás que por la ambición más prosaica de hacerse rico.

Lo mejor
Anton Walbrook.
Lo peor
Nada que reseñar.

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