
Después del brillante ejercicio de estilo que fue Madeleine, y tras el paréntesis de la citada La barrera del sonido, Lean rueda la adaptación de la obra de teatro más conocida del dramaturgo británico Harold Brighouse: “Hobson’s Choice”.
El resultado es una excelente comedia con actores de primera fila donde destaca el siempre efectivo Charles Laughton, en el papel del padre déspota y borrachín, con cierta ventaja sobre el resto del elenco, pues ya lo había interpretado en las tablas. Le siguen muy de cerca, John Mills, que da vida a un zapatero, un atractivo personaje, que parte de un registro cercano al retrasado que luego haría en La hija de Ryan (Ryan’s Daughter, 1970, también de David Lean) para evolucionar hasta convertirse en el duro hombre de negocios capaz de enfrentarse a Laughton; y la mujer que hace posible que esto ocurra, el verdadero centro de la trama: la hija mayor del déspota, interpretada con profesionalidad por Brenda de Banzie (seguro que la recuerdan como la “mala” arrepentida de la segunda versión de Hitchcock de El hombre que sabía demasiado).
En El déspota, las tres hijas de Laughton desean casarse, pero no se atreven a llevar la contrario a su padre, que vive como un rey gracias a los réditos que da su zapatería. Cuando la mayor de las féminas descubre que el éxito de la empresa se debe principalmente al operario analfabeto que trabaja en el sótano como un esclavo (David Lean no lo puede llevar más abajo), y que hace las mejores botas de la ciudad, entonces tiene una idea descabellada: casarse con él y emprender un negocio por su cuenta.
Ni que decir tiene que el enfrentamiento entre padre e hija, con el tímido Mills en el medio, es de época. Las risas están aseguradas y el buen hacer de David Lean, que no se prodiga mucho con la comedia, se mantiene, sin embargo, a una altura y brillantez marca de la casa.
Los detalles en Lean son esenciales, casi obsesivos (véase el minucioso decorado), pero también lo es el dibujo de los personajes. Fue algo que aprendió desde su primer trabajo como director en aquella legendaria colaboración con Noël Coward titulada Sangre, sudor y lágrimas (In Which We Serve, de Noël Coward y David Lean, 1942). Allí, el famoso dramaturgo le dijo que debía conocer a los personajes hasta el detalle de «saber lo que desayunan, aunque no se ruede ninguna escena con ellos desayunando». Está claro que Lean tomó buena nota del consejo de Coward.





