
A mediados de los años setenta, el cine del director mexicano Felipe Cazals sube de nivel con un par de películas donde el contexto político y social del México de 1968 cobra protagonismo. Igual que en Europa, en el país centroamericano surgieron todo tipo de protestas que, si bien no fueron tan célebres como las de, por ejemplo, el mayo francés, si fueron igual de duras.
El ya prestigioso director mexicano, nacido en España, Felipe Cazals, sufrió esa represión de primera mano, una experiencia que se vio reflejada en sendas cintas unos años después. La primera de este par de magníficos largometrajes, Canoa, se basa en una historia real sucedida en la población del título:
Unos jóvenes aficionados al montañismo son linchados por los vecinos de la aldea, liderados por el párroco, un cura que ejerce de líder espiritual y político. La confusión, intencionada o no, creada al sospechar que los muchachos son estudiantes comunistas, y que vienen a matar al sacerdote, es la causa de la tragedia.
Los jóvenes protagonistas son en realidad trabajadores de la universidad, no estudiantes, y, desde luego, no tienen nada que ver con aquellos ni con el movimiento de protesta. Para recoger la terrible historia con toda su crudeza, Cazals utiliza una puesta en escena violenta, feísta y oscura. La rebelión estudiantil de la capital permanece en el fondo de este pseudo-documental narrado por un falso testigo (Salvador Sánchez). La trama se va enredando en torno a él hasta que llega a confundirse lo real con lo narrado cuando el testimonio viene desde el mismo corazón de las terribles escenas. La tensión in crescendo se vuelve insoportable; las secuencias cruentas, tenebristas, configuran una estética tan negra como oscura es la época retratada por Cazals.





