Continuas referencias bíblicas ( no sólo literatura sino iconografía como la testimonial lluvia de ranas ) informan de que Anderson reflexiona en voz alta sobre la fe y cómo las sombras de la utopía celan un poso de caspa ideológica. El azar condiciona la vida, eso ya lo sabemos, pero lo que cuenta este sobredotado director es que el azar posee también su épica, su campo de batalla y su absurdo mapa de sombras. Así es como vemos a todos los personajes de la farándula que retrata el estupendo guión del propio Anderson: desasidos de esperanza, destrozados, penosamente abocados a no alentar esperanza alguna, pero incluso en esa postura negativa, en esa deconstrucción firme y severa, Anderson procura humanizar a sus criaturas.
El maravilloso final, que no es preciso destripar en estas líneas, se arma de un naturalismo desconcertante, que derriba de un plumazo todas las ideas de las que nos habíamos ido aprovisionando durante las tres horas anteriores. En ellas, diáfanamente, nos han contado acontecimientos puntuales, historias diminutas ( nueve, en realidad ) que suceden a la vez en un valle de California.
Coral en el modo en que Robert Altman filmaba ( ya no está entre los vivos ), Magnolia se descompone levemente el dramatismo se escora demasiado hacia la locura. Julianne Moore, como esposa joven de un viejo moribundo ( Jason Robards, genial ), se pasa parte de su actuación gritando, estresada, obcecada en alimentar su desatino espiritual con pastillas. Ahí Anderson pierde el norte, pero se excusa porque el material narrado es enorme y no es fácil ( no me lo imagino ) rellenar los huecos que las historias van abandonando ( y ciertamente hay algunos y de ellos uno en particular, busque el lector, visible e incómodo ).
Tom Cruise no sale mucho, pero llena más que en muchas películas donde ocupa toda la pantalla durante todos los minutos. Le valió un Golden globe esa meritoria interpretación amén de la candidatura a mejor actor de reparto en los Oscars. Y además está uno de mis actores favoritos recientes, Philip Seymour Hoffman, que hace un papel absolutamente nuclear en el film, el presentador de un programa de televisión en una crisis de identidad y de valores.
No se amedren por su excesivo metraje: se consume con avidez, se paladea en ocasiones. Cine servido con pulcritud. Cine rebuscado, mimado en sus excesos, pero útil para sobrellevar el peso de tanta película adocenada, impregnada de previsibilidad de las que suelen ocupar las carteleras de nuestros vicios.
Lo mejor: Todo. Los actores. El guión. La forma en que todo cuaja, aunque parece que nada va a cuajar.
Lo peor: Cierta desazón por reconocer que ( a pesar de nuestros aplausos ) estamos viendo una película que ya hemos visto otras veces.
