Pero el largometraje más esperado del día de ayer era el último trabajo de Thomas Vinterberg. El realizador fundador de Dogma 95, junto a Lars Von Trier y otros, esta vez no se sujeta a las normas de dicho movimiento, pero utiliza alguna de sus herramientas para dirigir una estupenda película que saca a la luz las miserias de la “civilizada” sociedad que viene del norte. El director danés no se anda con remilgos a la hora de mostrar la violencia que se desata en un pueblo pequeño, cuya principal afición es la caza del venado. Allí, Lucas, uno de sus vecinos (interpretado por Mads Mikkelsen, ojo con él que se puede llevar el premio al mejor actor), es acusado injustamente de pedofilia.
El tema de los abusos sexuales a menores no es ajeno a la filmografía de Vinterberg, ya lo trató en su excelente Celebración (Festen, 1998) (¿la mejor película Dogma?), pero mientras allí los abusos eran reales y descomponían una familia, aquí las sospechas de tales actividades destrozan otra, la del falso culpable. Son las mentiras de una angelical niña —de aspecto parecido al de la diabólica Rhoda de La Mala Semilla (The Bad Seed de Mervyn LeRoy, 1956), más inocente que ella, pero igualmente dañina— las que provocan que Lucas sea hostigado por toda la comunidad en lo que se asemeja a una caza sin cuartel.

Lo de la mentira infame tampoco es nuevo —nos acordamos, por ejemplo, de las dos excelentes películas de William Wyler, Esos Tres (These Three, 1936) y su remake La Calumnia (The Children Hour’s, 1961)—, pero sí la forma de enfrentarse a ello: en la música, Vinterberg usa la banda sonora no diegética, pero no abusa de ella; en la fotografía, recoge del Dogma algunas secuencias con luz real (las de las velas en el interior de la casa de campo), y no se limita a un objetivo convencional y a una fotografía cuidada, sino que lo mezcla con la violencia de una cámara en movimiento y una película de amplio grano, todo para contar esa paradoja que es la vida aparentemente pacífica de unas personas que esconden un interior violento y que esperan el fallo de alguno de sus miembros para acabar con él.
Quizás lo más destacado de la cinta lo reserve Vinterberg para el final, una conclusión que tiene todos los ingredientes para permanecer en la memoria y ser recordada como una de las mejores que se hayan visto en una película. Un final con doble simbología: la del cazador cazado; la que compara al inofensivo animal víctima de un deporte que no conoce la piedad, con el hombre inocente víctima de la ira de otros hombres; o la que nos anuncia que de las calumnias, aunque se haya demostrado que lo eran, siempre queda algún rescoldo que nunca se apaga.
