Honesto título, decía, porque, apenas sumergidos en aguas que se presuponen turbulentas, la extravagancia en texto y personajes se adueña del metraje, haciendo que el desconcierto, puntualmente la irritación, a veces una descarada indiferencia disipen el lógico apego emocional que estos asuntos reclaman. En verdad es gente extraña la que rodea a los protagonistas, cercados en un nuevo entorno donde el clásico proceso de autodescubrimiento y redención de culpas, fracasos y otros fantasmas tendrá lugar. Dunne intenta ponerse serio al querer abarcar muchos ángulos de tiro, lícita pretensión que no encuentra reflejo en la traslación de la novela original, tal vez más atinada al describir el zoológico humano que nos aborda a golpes de delirio y perdidos retazos de sentimentalismo de qualité. Esta madre alcohólica, medio yonqui, libertina, un punto irresponsable, y su adolescente retoño, lejana la figura del padre -a quien convoca
Quiere ser GENTE POCO CORRIENTE pequeño mosaico de actitudes ante la vida, esboza sus tensiones familiares entrelazando, no siempre con éxito, la materia dramática y los escuálidos empujones de un humor que se balancea entre el surrealismo y la mera ñoñería para acabar difuminando el peso de algunas secuencias. El problema es que Dunne no controla el timón de todo lo que nos pone en bandeja, siendo el dibujo de algunos personajes o situaciones de escasa fuerza pese a la terapéutica presencia de Diane Lane -belleza rotunda y serena que desarma a todas las niñatas del nuevo Hollywood- y del maestro Donald Sutherland -sin comentarios-. Sus personajes, como el que incorpora el joven Anton
Es posible que otro director hubiera dado calor a este cuento estraflario de miserias reconocibles que organiza sus cartas como metáfora del mundo loco en que vivimos. Tal vez en otras manos se habrían amasado mejor su leve crítica al orden familiar, sus puntazos de retrato generacional, la borrosa ironía con que se disfraza el despertar a la vida adulta. Acaso alguien dotado para radiografiar los boquetes en la moralidad de todo un círculo social -con sus idílicas campiñas, sus partidos de golf, su abismo entre pobres y ricos- podría culminar el relato con más tino. Pero con hipótesis ilusas no puede construirse algo parecido a una crítica. Hay que quedarse con el sabor insípido de un fruto que se pretende ácido, un claro ejemplo del desequilibrio entre aspiraciones y talento para plasmarlas.
Lo mejor: Donald Sutherland y la elegancia de Diane Lane, incluso puesta de coca.
Lo peor: El tono indefinido entre drama y comedia, que afecta también al dibujo de personajes y al ritmo.
