Como la ingeniosa película francesa El tren de la vida, y la reciente El libro negro, Sin destino consigue ser original, al aportar una visión humana, verídica y naturalmente contradictoria de los sucesos históricos.

★★★★☆ Muy Buena

Sin destino

“No se si existe el infierno, existen los campos de concentración”, dice el joven Gyuri luego de haber sobrevivido al peor de los lugares, en el peor de los tiempos. Poco después, hacia el final de la película, sentencia “La gente solo pregunta sobre los horrores, mientras que yo debería hablar de la felicidad en los campos”. Esta frase en particular, que podría encerrar cierta provocación, es el reflejo de la mente de Imre Kertész, escritor que, de joven, ha sobrevivido a la experiencia de los campos. Experiencia terrible, que ha traducido en la novela homónima, con la que ha obtenido el Premio Nobel, y ha plasmado en el grueso de su obra literaria. La felicidad es, para el joven Gyuri y también para el joven Imre, la felicidad de vivir como escudo, como defensa frente al dolor y la muerte de los campos, del nazismo.

Gyuri es un joven que va entendiendo, a medida que se adentra en la dura realidad que le toca vivir, el sentido de su existencia, y el peso del enemigo que golpea a su puerta. Muchos son los aspectos que se destacan en esta notable puesta de Lajos Koltai, prestigioso director de fotografía que, con esta película, ha comenzado su labor como director. En particular, llama la atención que la amenaza se focaliza en personajes poco tradicionales dentro de este tipo de películas sobre el Holocausto, y pocas veces se observan soldados nazis. Además, resulta muy interesante cómo convive la crudeza y el dolor, con la ternura. En ese sentido, el punto de vista del joven Gyuri es lo que define la propuesta, imprimiéndole una voz peculiar, ajena al resto de este tipo de películas. La ternura no es un truco discursivo, es un aspecto genuino que se desprende de sus personajes, y que convive naturalmente con el contexto opresivo. A todo esto se suma una belleza visual, y una precisa estetización de los escenarios, que lejos de banalizar el dolor, lo refuerza. Si bien la trama se resiente durante la primera hora, y el exceso de fundidos a negros en la segunda hora (para mantener el horror fuera de plano) tiende al agotamiento, su propuesta gana por su honestidad y humanidad. Se sabe que las obras realmente valiosas son aquellas que escenifican una contradicción. Como la ingeniosa película francesa El tren de la vida, y la reciente El libro negro, Sin destino consigue ser original, al aportar una visión humana, verídica y naturalmente contradictoria de los sucesos históricos, alejándose del típico dogmatismo que afecta al común de los filmes sobre el período más siniestro de la historia moderna.

publicado por Leo A.Senderovsky el 28 junio, 2008

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