Rodrigo Moreno no observa al custodio, lo estudia, lo analiza, lo lee como un ser vaciado (no vacío) de sentido.

★★★☆☆ Buena

El custodio

El custodio vendría a ser el segundo film dentro de una trilogía interpretativa de Julio Chávez, que se abrió con Extraño (2003), de Santiago Loza, y cerró, según sus propios dichos, con El otro (2007), de Ariel Rotter. Es, comparándolo con este último, un film mucho más cerrado y riguroso. Podría decirse que responde más a la idea de un concepto, una teoría filmada, que a las facciones del cine de género. El custodio podría traducirse de la siguiente manera: ¿Cómo colocar el punto de vista en el personaje más secundario? Rodrigo Moreno aclaraba, con respecto a éste, su primer film como director en solitario, que a diferencia del viejo cine argentino (léase: el cine de los ochenta, el cine politizado, de la retórica de apertura democrática), donde el foco se haría en el ministro, el nuevo cine argentino se coloca se coloca en la piel del otro, de aquel que no merecía una película, por parecer insignificante, con poco para decir. Rodrigo Moreno no observa al custodio, lo estudia, lo analiza, lo lee como un ser vaciado (no vacío) de sentido. Alguien que carga un arma y se apega a cuestiones protocolares para cuidarle las espaldas a un funcionario cuya protección es completamente intrascendente, mero producto de protocolo. El custodio avanza explorando lo que pasa allí, entre las formalidades, las rutinas, y la constante humillación que sufre Rubén. Las escenas que vive con su hermana y su sobrina, en cambio parecen, por su poco rigor y su natural contraste con el resto, productos de aquel viejo cine nacional del que el propio Moreno intenta despegarse.

En las críticas publicadas con motivo de su estreno en Argentina, se la asoció en su momento con el cine de Takeshi Kitano. Hay que aclarar: Nada más alejado del humor de Kitano que la sobriedad de El custodio. Sólo la escena final parece extraída, calcada, de sus películas de yakuzas y policías violentos. Párrafo aparte merece la interpretación de Julio Chávez, a años luz del resto de los actores de cine argentino, apegado y admirador de ese rigor que permite construir sus últimos personajes desde la contemplación y la inexpresividad. Personalmente lo prefiero como el duro delincuente de Un oso rojo, pero eso es simple cuestión de gustos.

Ahora bien, ¿qué sucede con los directores de cine argentino cuando se largan a dirigir su primera película? Mala época, segunda producción de la Universidad del Cine, se beneficiaba por la poca madurez narrativa de sus hacedores, hecho que le aportaba vitalidad. El descanso, película codirigida por Moreno junto a Ulises Rosell (Bonanza, Sofacama) y Andrés Tambornino, jugaba con el absurdo y los excesos, en una película fallida, pero muy graciosa. Cuando se lanza en solitario lo hace usando como espada el habitual defecto de los realizadores en su primera película, una narración excesivamente contenida, casi hermética. El rigor como respuesta al miedo a fallar, miedo al desborde, miedo a salir del presupuesto, miedo al género. Exactamente lo mismo ocurre con El otro, si se la compara con Sólo por hoy (2000), tercera producción de la Universidad del Cine, y ópera prima de Ariel Rotter. En El custodio ocurre incluso con más rigurosidad que en la nueva de Rotter, pero el efecto/defecto es el mismo: Mayor hermetismo – Menor vitalidad. Talento le sobra a Rodrigo Moreno, habrá que esperar entonces su segunda película en solitario, y ver qué más nos puede ofrecer.

publicado por Leo A.Senderovsky el 25 junio, 2008

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